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Observatorio Internacional de la Crisis
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Honduras, Impacto político del golpe de estado militar. Ángel Edmundo Orellana Mercado
Honduras, Impacto político del golpe de estado militar

Ángel Edmundo Orellana Mercado
ALAI, América Latina en Movimiento
Hemos vivido momentos de trascendental importancia para el futuro de nuestro país, frente a los cuales ningún hondureño ha sido neutral. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, cualesquiera que fuese su género, su situación social y oficio o profesión, han asumido posiciones inequívocas, sin vacilaciones ni ambiguas manifestaciones, que, ciertamente, serán pasadas por el juicio severo de la historia.

La crisis que nos envolvió no es simplemente política. Es, además, económica y social. Por eso repudiamos la posición de aquellos que pretenden hacernos creer que todo ha pasado porque se consumaron al fin las elecciones generales para elegir Presidente, Designados, Diputados, Alcaldes y Regidores.

Esta afirmación es falsa porque falsa es la premisa la premisa de la que parten los promotores de esta idea. Para ellos, democracia es sinónimo de elecciones. Depositar el voto en las urnas electorales y contar cada voto en las mesas electorales, confirmándolo en los niveles departamentales electorales, para declarar quién resultó electo en las mismas, es la esencia misma de la democracia.

El Estado es antiguo, la democracia no. Ésta es una forma, entre otras, que ofrece la posibilidad de gobernar sostenidamente. La diferencia con las demás es que permite la participación del pueblo en los procesos de decisión.

La democracia se afirma cuando se reconoce que el ser humano y su dignidad es la razón de ser del Estado mismo; cuando se acepta que cada individuo es titular de derechos que el Poder Político simplemente reconoce porque son de la esencia del ser humano.

Era imposible la democracia ahí donde el ser humano era un simple instrumento del Poder Político. Fue posible solamente cuando el Poder Político se convierte en un medio o instrumento para asegurar al ser humano el disfrute pleno de esos derechos.

Las columnas de la democracia son los derechos del ser humano. Atentar contra éstos se traduce en un atentado contra la democracia. No hay democracia cuando el Estado desconoce los derechos de que es titular el individuo.

La democracia postula que el poder real, la soberanía, reside en el pueblo, quien la ejerce directamente, por representación o mediante mecanismos de participación efectiva.

Directamente es imposible actualmente que se pueda ejercer la soberanía por el pueblo. La representación y la participación, pues, son los medios modernos de ejercicio del Poder Público.

En este contexto, las elecciones son una parte de la democracia pero no lo es todo. La democracia va más allá.

La creencia de que las elecciones lo son todo dentro de la democracia, explica por qué durante casi treinta años de gobiernos constitucionales, Honduras no ha avanzado significativamente en el cumplimiento del postulado fundamental que nuestro sistema constitucional manda ejecutarse, derivado de la razón de ser del Estado mismo y de la sociedad.

La persona humana es el fin supremo de la sociedad y del Estado, dispone nuestra Constitución, y tiene como deber fundamental respetar y proteger su dignidad, asegurándole el goce de la justicia, la libertad, la cultura y el bienestar económico y social.

La más de media docena de gobiernos constitucionales en estos casi treinta años desde el advenimiento del régimen constitucional, muy poco han hecho en cumplimiento de este mandato constitucional, que orienta, sin duda alguna, por el camino correcto hacia la plena democracia.

La educación, la salud, la economía, la seguridad jurídica, entre otros, son temas irresolutos en nuestro sistema. 120 días de clase al año en el sistema educativo formal de nivel primario y secundario; el déficit de hospitales, de medicinas y de médicos comprometidos con la salud del pueblo hondureño; la tradicional, ineficiente y no competitiva producción de bienes y servicios, sumada a la exclusión de la mayoría de la población en el proceso productivo del país; la falta de credibilidad y confianza en las instituciones llamadas a respetar y proteger los derechos de las personas, son causas suficientes para afirmar que nuestra clase política ha fallado estrepitosamente, demostrando que ni siquiera hemos despegado en nuestro intento de establecer un sistema democrático aceptable.

La crisis política, económica y social generada por el Golpe de Estado tornó más virulentos los efectos de la crisis global financiera y económica que fustiga a todos los países del mundo.

La crisis la generó la clase política dominante, es cierto, pero su desarrollo estuvo impulsado por las contradicciones e injusticias de nuestro sistema económico y social, y la debilidad de nuestro sistema democrático y constitucional, a pesar de sus casi tres décadas de vigencia. En poco tiempo, su potencial destructivo se incrementó tanto que estuvo a punto de desbordar la capacidad de control de la clase política y económica dominante, amenazando seriamente nuestras instituciones.

Durante siglos se ha venido construyendo un sistema caracterizado por la intransigencia e intolerancia política, la corrupción generalizada y la exclusión social y económica, condenando al pueblo hondureño al hambre, al analfabetismo, a la pobreza y al marginamiento del proceso político y productivo; hoy, ese pueblo se lanzó a las calles y no las ha abandonado, demostrando que el pertinente estímulo fácilmente las convoca en dimensiones multitudinarias. No es un simple desbordamiento de pasiones que lo guía. Son objetivos precisos los que sirven de impulso y son ellos los que le imprimen su carácter orgánico.

Concientes de sus carencias, limitaciones y sufrimientos, reclaman en las calles lo que los políticos les hemos negado durante esos veintiocho años que decimos vivir en democracia; una democracia que se puede definir como “voto y escrutinio”. Esa parte de la democracia que es a la que los políticos dedicamos nuestro interés, porque nos catapulta hacia posiciones de poder y, una vez en ellas, miramos con indiferencia o simplemente no miramos, la miseria económica y social que angustia a aquellos que votaron y contaron votos.

La crisis amenaza con aniquilar nuestras estructuras, nuestras canteras de raciocinio, nuestra tolerancia y nuestra capacidad de diálogo, de perdonar y de olvidar.

No permitamos que las pasiones nos arrebaten el mando y se conviertan en nuestro timonel. Debemos comprometernos a adoptar las decisiones que nos permitan tomar el camino correcto hacia las soluciones efectivas y eficaces, dejando a un lado nuestras diferencias personales y partidarias.

Lo que está en juego es el futuro de nuestro sistema político, democrático y constitucional. Nos corresponde a cada hondureño participar en la construcción de ese futuro, porque nadie es ajeno a las consecuencias de la crisis. Especialmente, cuando nos enfrentamos ante la posibilidad de encontrarnos ante la amenaza de un daño profundo e irreversible del régimen de los derechos humanos y nuestro sistema político.

La crisis exhibió la estructura real de la sociedad hondureña. Por una parte, un sector empecinado en mantener el statu quo a cualquier costo; el otro, exigiendo cambios sustanciales, en los que ocupa una posición privilegiada la participación del pueblo en las decisiones políticas y su ejecución.

Se conoció con nitidez que los sectores que detentan el poder económico también tienen bajo su control el sistema estatal, cuyos titulares siguieron el protocolo establecido por aquellos, escrupulosamente; “obedecer y callar es el deber del vasallo”, según la máxima que legara el marqués Croix.

La falta de confianza y credibilidad en las instituciones hoy es más patente que en cualquier momento de nuestra historia. La justicia, el respeto a los derechos humanos, la tolerancia y demás, no tienen albergue en nuestra institucionalidad.

También se expuso la ausencia de compromiso y responsabilidad de la clase política dirigente frente al pueblo hondureño. La imprudencia y la ambición caracterizaron la conducta de nuestros políticos. No les importó las consecuencias a las que estaban condenando al pueblo hondureño, se aferraron a sus posiciones e impulsaron lo que sus pasiones les dictaron.

Por otro lado, el pueblo demostró que no piensa abandonar su bipartidismo, porque no favoreció a los partidos pequeños cuya agenda política es variada y, en un caso, se desplaza hacia lo que los golpistas decían evitar, el socialismo.

Pero también patentizó su voluntad de ser escuchado en una forma diferente a la que tradicionalmente le han permitido. No quiere ser más el convidado de piedra, cuando, después de cada elección, el electo se aleja de él y toma las decisiones que más favorecen a su persona y a los sectores que lo seducen, pero siempre a espaldas del pueblo y normalmente en su perjuicio. Por eso, anda en las calles exigiendo la constituyente, en donde aspira a consagrar el nuevo contrato social al que se adherirá todo el pueblo y marcará las relaciones entre éste y sus representantes.

La juventud, cuya indiferencia por la política era notoria, asumió posiciones. Ningún joven se quedó sin expresar su pensamiento, ya sea en su hogar, en su escuela, colegio, universidad, centros de entretenimiento, etc. Quedó marcada nuestra juventud por estos hechos, pero les permitió militar activamente por sus ideas, sin que sea importante por cual de los bandos se decidió.

La sociedad ha quedado partida. Y esta partición estimula actitudes de odio frente a los demás. Particularmente entre ricos y pobres, como nunca en la historia nacional.

Finalmente, el sistema internacional e interamericano mostraron sus debilidades frente a casos como el de Honduras. Después del “Golpe de Estado estilo Honduras” inexorablemente se revisará el sistema a fondo para hacer frente a los nuevos retos y desafíos de la defensa de la democracia.

Todo esto planteado en un ambiente de crisis severísima, en donde la ausencia de recursos y de acompañamiento de la comunidad internacional, en este último caso por la crisis global y por la desgracia de Haití, serán el peor acicate de las nuevas autoridades.

El país está en escombros, pero no porque un fenómeno natural lo abatió o una guerra fratricida lo devastó. En escombros quedó nuestra confianza en las instituciones que estimulan nuestra voluntad para impulsar nuestro desarrollo personal y colectivo. La devastación no fue física, fue moral. Pero sirvió, a su vez, para hacernos reflexionar sobre lo que realmente teníamos y sobre lo que realmente debemos tener.

Hoy nadie es tan ingenuo para asegurar que el sistema en que vivimos es efectivamente democrático, es decir, que ofrece posibilidades reales para desarrollarse plenamente, individual o colectivamente. Y todos estamos convencidos que solamente comprometiéndonos en la construcción de nuestro futuro éste nos comprenderá a todos.

La democracia hondureña se comenzó a construir el año pasado. Las metas y objetivos del pueblo hondureño apenas se están perfilando en este encuadramiento que resulta de la nueva visión que debe prevalecer en nuestras relaciones sociales y económicas.

La incertidumbre es la regla general porque nadie se atreve a apostar que lo que existe seguirá existiendo tal como se nos presenta hoy. Nuevas y apremiantes exigencias están a la base de esta nueva dinámica dentro de la sociedad hondureña. Hasta donde llegaremos, ese es el gran interrogante.

Por mientras, la primera prioridad de la familia hondureña es la reconciliación y la unidad. Si no lo logramos nada será posible y estaremos condenados a repetir nuestros errores, con la diferencia que las consecuencias producirán daños más profundos e imposibles de revertir.

- Ponencia presentada en el Foro Nacional Ecuménico sobre Derechos Humanos organizado por el Observatorio Ecuménico para los Derechos Humanos en Honduras, del Consejo Latinoamericano de Iglesias CLAI.

Tegucigalpa, Honduras 01 de febrero de 2010.


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