Categoría: Alternativas

Trabajo productivo vs Trabajo improductivo ¿Cómo categorizar la geopolítica hoy?

  Wim Dierckxsens* Introducción El concepto de trabajo productivo/improductivo es relevante para mejor entender la economía capitalista de hoy, al acentuarse la contradicción existente entre la producción y la apropiación de valor excedente por el capital financiero, que conforme se expande presiona de manera exacerbada sobre la apropiación y redistribución del excedente. Lo anterior pone… ( Leia mais » )

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El mundo con Trump en el año 2017

El mundo con Trump en el año 2017 Wim Dierckxsens y Walter Formento, 16 de Enero de 2017. Introducción El triunfo inesperado de Trump produjo también algunas reacciones sorpresivas del “mercado 1 ”. Esto se manifiesta en parte, en que los inversionistas asumen mayores riesgos en sus compras de activos (acciones) en vez de bonos… ( Leia mais » )

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Ante qué coyuntura nos encontramos

 Parece que hemos entrado en el Imperio del Caos, entendido como lo que resulta de la negativa a aceptar el propio declive hegemónico. Parece que Obama lidió con la decadencia de Estados Unidos, como Gorbachov en la ex URSS. Con la paliza que recibieron los Demócratas en EE.UU., los perdedores principales son los globalistas, con los… ( Leia mais » )

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Por un mundo multipolar y una sociedad post-capitalista – A cien años de la primera guerra mundial

Los historiadores, que tienen la costumbre de considerar que el siglo XIX comienza en 1815 (Waterloo) y termina en 1914 (la primera guerra mundial), con seguridad definirán el siglo XX como el período 1914-2014, que finaliza cuando el antiguo sistema está muriendo al mismo tiempo que el nuevo emerge. (Vea Global Europe Anticipation Bulletin GEAB… ( Leia mais » )

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Visiones sobre el socialismo que guían los cambios actuales en Cuba

La forma que tome el nuevo modelo cubano dependerá de la influencia relativa de maneras diferentes de entender el socialismo y visualizar el futuro de Cuba. Aunque estas posiciones o corrientes de pensamiento, por lo general, coinciden en que el principal objetivo a largo plazo debe ser una sociedad más justa y liberada de las… ( Leia mais » )

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Debates que tejen emancipaciones

Apenas hace unos días los medios colocaban a Bolivia en situación de riesgo. Se hablaba de una insurrección popular en contra del gobierno; se oían voces que proponían dinamitar la sede presidencial y sacar al Presidente, es decir, golpe de estado pero en este caso asestado presuntamente por la izquierda. Lo extraño es que las… ( Leia mais » )

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Horizontes de Otra Racionalidad Económica / Crisis de Legitimidad de una Civilización

Fin de la racionalidad a la vista: La innovación tecnológica llegó a su límite histórico Somos de la opinión que la composición orgánica del capital ha llegado a los límites de lo posible dentro de los países centrales y por lo pronto también de las relaciones de producción vigentes. Las últimas en vez de ser… ( Leia mais » )

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DE LOS BIENES COMUNES AL ‘BIEN COMUN DE LA HUMANIDAD’

Texto redactado por François Houtart y presentado con la colaboración de Francine Mestrum a la Conferencia ‚De los bienes comunes al Bien Común de la Humanidad‛, organizada por la Fundación Rosa Luxemburgo, en Roma (28 y 29 abril 2011) y revisado después de las discusiones. Este texto sirvió también de base a un trabajo para… ( Leia mais » )

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Audacia, más audacia

Las circunstancias históricas creadas por la implosión del capitalismo contemporáneo requieren de una izquierda radical, tanto en el Norte como en el Sur, que sea capaz de formular una alternativa política al sistema existente. El propósito de este artículo es mostrar por qué es necesaria la audacia y lo que esta significa. ¿Por qué audacia?… ( Leia mais » )

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¿Cómo salvar a los pueblos y no a los banqueros?

Hacia fines de julio de 2011 se vislumbraba por primera vez ante el público la amenaza de una bancarrota no solo en los países periféricos o en uno que otro país europeo, sino hasta en los propios EEUU. Con ello el pánico se hace presente, el precio del oro se dispara y se anuncia cada… ( Leia mais » )

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Población, Fuerza de Trabajo y Rebelión en el siglo XXI ¿De las revueltas populares de 1848 en Europa a la rebelión mundial en 2011?

Introducción Pareciera que el mundo está al comienzo de una nueva era de revoluciones  como se dio en Europa en 1848. Esta vez, sin embargo, podamos hablar un despertar político y toma de conciencia a nivel global. Aunque este despertar se está materializando en diferentes países y regiones del mundo y bajo circunstancias diferentes, el… ( Leia mais » )

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Décimo Foro Social Mundial: síntomas de decadencia

Rebelion
Una década es tiempo suficiente –en el terreno políticosocial- para el crecimiento, madurez y, tal vez, decadencia de un “movimiento de movimientos” que se propuso cambiar el mundo. Aunque su declinación es un dato de la realidad, sus mentores pueden contentarse con que su oponente, el Foro Económico de Davos, atraviesa dificultades aún mayores.

Los síntomas son bien conocidos: debatir hasta el cansancio si lo que se está haciendo tiene sentido, si debe continuarse el mismo camino o torcer el rumbo en alguna dirección que permita encontrar soluciones a los males y malestares que se perciben. En efecto, tanto el seminario “10 años después” realizado en Porto Alegre, como el Foro Temático, con sede en Salvador, dedicaron buena parte de su tiempo a constatar la pérdida de vitalidad de un movimiento que pretendió ser la alternativa a la globalización neoliberal.

Este año, el Foro Social Mundial no contó con un evento central sino que realizó actividades en una veintena de ciudades de diferentes partes del mundo, entre ellas las dos capitales estatales brasileñas. La opción por la descentralización es un indicador de que los grandes eventos de decenas de miles de personas jugaron un papel importante en su momento, a comienzos de la década, pero en esta etapa no tendría sentido repetirlos ya que, según se pudo constatar en las últimas ediciones, el formato se fue desgastando.

El evento de Porto Alegre, a partir del 25 de enero, consistió en un conjunto de debates entre intelectuales y miembros de ONG, con escasa participación de los movimientos sociales que son, en los hechos, la razón de ser del Foro. Por cierto, no era la intención de los organizadores apostar por la masividad que arrastró a más de 150 mil personas en las ediciones anteriores, pero los debates atrajeron ahora a menos del diez por ciento del anterior pico de participación.

En Salvador, por el contrario, en el Foro Temático realizado entre el 29 y el 31 de enero, la presencia de los movimientos era esperada con cierta expectativa. La opción por descentralizar el evento, con mesas de debates en hoteles de la ciudad y las actividades de los movimientos relegadas al recinto de la Universidad Católica, tuvo un efecto negativo para la participación social. A diferencia de lo que sucedía en Porto Alegre años atrás, cuando la ciudad giraba por unos días en torno al Foro, en la capital de Bahía la gente no se enteró del evento altermundialista.

Buscando nuevos rumbos

El viraje en la situación política mundial y en América Latina, parece estar en la base de un cierto desconcierto que se plasma en la aparición de propuestas notoriamente divergentes. En las primeras ediciones de los Foros, se registraba un fuerte ascenso del conservadurismo comandado por George W Bush, a caballo de las invasiones a Irak y Afganistán. En este continente, se estaban estrenando los gobiernos del cambio y se registraba aún una oleada de movilización social que desembarcó con sus múltiples colores en los eventos multitudinarios de Porto Alegre.

La crisis mundial, el ascenso de Barack Obama a la Casa Blanca, el otoño de los gobiernos progresistas y de izquierda de la región y la creciente desmovilización social, pautan una coyuntura bien distinta. El tono de la Carta de Bahía, documento final aprobado por una asamblea de movimientos, delata el nuevo clima. La declaración enfatiza en el rechazo a “la presencia de bases extranjeras en el continente sudamericano”, la defensa de la soberanía y de los grandes yacimientos de petróleo descubiertos en el litoral brasileño.

La Carta hace una defensa cerrada del gobierno de Lula. “En Brasil, muchos avances fueron conquistados por el pueblo durante los siete años del gobierno Lula”. Menciona que aún falta realizar reformas estructurales, pero llama a apoyar a los diversos oficialismos “en este período de embate político que se aproxima”, en clara alusión a los procesos electorales venideros.

En este punto, aparecen fuertes divergencias. El Movimiento Sin Tierra, muy crítico con Lula por no haber hecho la reforma agraria prometida, no movilizó sus bases hacia el Foro como en ocasiones anteriores. En Salvador, el movimiento más potente es el de los Sin Techo, que en diferentes talleres mostró claras distancias tanto con el gobierno federal como con el estatal, comandado por el petista Jacques Wagner.

La distancia, social antes que política, entre movimientos y gobiernos fue una de las características del Foro de Salvador. Uno de los “intercambios” con los movimientos se realizó en un hotel de cinco estrellas, con la participación del gobernador Wagner, el ministro de Desarrollo Social Patrus Ananias y el Secretario Especial para Asuntos Estratégicos de la Presidencia, Samuel Pinheiro. No era ese el mejor ambiente para movimientos de base que, como los de Salvador, están integrados en su inmensa mayoría por negros pobres que viven en favelas, que son sistemáticamente rechazados en esos espacios.

En la visita que realizamos a tres ocupaciones urbanas de los Sin Techo, pudimos comprobar que las bases de esos movimientos no tenían la menor idea de lo que sucedía en el centro de la ciudad, ni mostraban intención de asistir cuando se les informaba que debían registrarse en otro hotel, también de cinco estrellas, ubicado en el corazón elitista de la ciudad racista. Si alguna vez los foros fueron un genuino encuentro de movimientos sociales, en los hechos se convirtieron en encuentros de elites, intelectuales, miembros de ONG y representantes de organizaciones sociales.

En palabras de Eric Toussaint, miembro del Consejo Internacional del FSM, un dato central es que el encuentro “fue patrocinado por Petrobrás, Caixa, Banco do Brasil, Itaipú Binacional y con fuerte presencia de gobiernos”. O sea, grandes multinacionales que están también en el encuentro empresarial de Davos, donde Lula fue proclamado “estadista global”. En su opinión, el núcleo histórico de fundadores del Foro, donde tienen especial presencia brasileños vinculados al gobierno, son los más reacios a buscar otros formatos, que “se apoyen en fuerzas militantes voluntarias y se alojen en casas de activistas”.

Cuestión de Estado

En cuanto al formato, las propuestas son muy variadas. El portugués Boaventura de Sousa Santos, cree que el Foro fracasó en Europa, Asia y África al no haber conseguido “conquistar la imaginación de los movimientos sociales y los líderes políticos” como sucedió en América Latina. Cree que el FSM debería haber acudido con una posición propia a la cumbre de Copenhague y que el próximo encuentro, a realizarse en Dakar (Senegal), deberá “promover algunas acciones colectivas” en la dirección de buscar “una nueva articulación entre partidos y movimientos”.

Toussaint va más lejos y aspira a que los movimientos recojan la propuesta lanzada por Hugo Chávez de crear una Quinta Internacional, que sería un “instrumento de convergencia para la acción y para la elaboración de un modelo alternativo”. En el otro extremo, el sociólogo brasileño Emir Sader cree que el Foro ya fracasó porque al no estrechar vínculos con los gobiernos progresistas, “quedó girando en el vacío”.

Dos temas siguen estando en el centro de los debates, como estas posturas manifiestan: la rel
ación entre gobiernos y movimientos y el grado de centralización y de organización que debe dotarse el Foro. Hay quienes, como Toussaint, defienden un modelo tradicional, que se resume en “un frente permanente de partidos, movimientos sociales y redes internacionales”, porque es la mejor forma de impulsar la movilización. Cree, por añadidura, que el golpe de Estado en Honduras se consolidó porque la movilización “fue totalmente insuficiente”.

De Sousa Santos echa más leña al fuego al abordar el otro tema en debate. Sostiene que “ahora existe un novísimo movimiento social que es el propio Estado”. Defiende su tesis señalando que si al Estado se lo deja librado a su lógica, “es capturado por la burocracia y por los intereses económicos dominantes”. Pero si los movimientos, que siempre han trabajado por fuera de los estados, lo toman en cuenta como “un recurso importante”, ese Estado “puede ser apropiado por las clases populares como está ocurriendo en el continente latinoamericano”.

En su comunicación al seminario “10 años después”, Immanuel Wallerstein presentó una perspectiva que incluye una variante más, estirando las diferencias entre los militantes. Sostuvo que los impactos mayores de la crisis vendrán en los próximos cinco años, con un posible default de la deuda de los Estados Unidos, la caída del dólar y la aparición de regímenes autoritarios, incluyendo algunos países de América Latina, y la creciente demonización de Obama en Estados Unidos. Cree que se están formando varios bloques geopolíticos que excluyen a Washington: Europa Occidental-Rusia; China-Japón-Corea del Sur; Sudamérica liderada por Brasil.

En ese escenario, opina que en las dos próximas décadas la izquierda social y la política irán percibiendo que “la cuestión central no es poner fin al capitalismo, sino organizar un sistema que lo suceda”. En ese lapso, la confrontación entre derechas e izquierdas, cuyas fuerzas se han expandido a todo el mundo, será inevitable, pero no será una batalla entre estados sino “entre las fuerzas sociales mundiales”. Y cree, además, que a las izquierdas y a los movimientos “les falta una visión estratégica de medio plazo”. Esto último se ha mostrado enteramente cierto, por lo menos en el último Foro Social Mundial.

Raúl Zibechi, periodista uruguayo, es docente e investigador en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios colectivos sociales.

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Decrecimiento sostenible frente a decrecimiento traumático

En los últimos años, pero especialmente después de agosto de 2007, cuando la llamada crisis económica y financiera explotaba en los Estados Unidos, venimos oyendo hablar de boca de reputados economistas, filósofos y activistas próximos a los movimientos sociales antisistémicos del decrecimiento (referido a la producción y al consumo de las sociedades capitalistas) como única alternativa posible a la crisis del sistema neoliberal. No es una idea banal, ni despreciable en absoluto.

Antes de comenzar, habría que indicar en primer lugar que quienes participamos de la lucha de los movimientos sociales antisistémicos no buscamos alternativas a la crisis del sistema neoliberal. Buscamos alternativas al sistema neoliberal, esto es, que no nos valen las soluciones que proponen los poderosos, pues sólo tratan de “volver a la senda del crecimiento” y recuperar el estado financiero mundial previo a la crisis, como bien demuestran las inyecciones multimillonarias que el G20 acaba de decidir para el FMI, uno de los principales causantes de este desorden mundial que sólo habla de crisis financiera, pero que sobre todo está configurada por una crisis ambiental, una crisis alimentaria y una crisis humanitaria en todos los aspectos. Como bien dice el filósofo José María Ripalda: “Nos presentan una crisis ‘en el’ capitalismo, no una crisis ‘del’ capitalismo; como mucho se habla de algunas reformas legales que nadie cree que vayan ser profundas”.

Por lo tanto, la lucha es por cambiar el sistema, no por recuperarlo, y el decrecimiento un camino necesario que implica no sólo un poco más de conciencia ecológica o humanitaria, sino “un cambio radical en la manera de producir, de consumir y de vivir, una nueva manera de organizarnos social y económicamente” (Paco Fdez. Buey)

En segundo lugar, es muy importante destacar que debemos desterrar la idea de que el culpable de la situación mundial –en la que un 20% de la población explota el 85% de los recursos y en el que más de dos millones de personas mueren de hambre diariamente– es sólo la expresión neoliberal del capitalismo. Cierto es que la imposición mundial del capitalismo bajo su disfraz más bárbaro desde hace aproximadamente dos décadas, de lo que se da en llamar globalización neoliberal, no fue capaz, como afirman sus defensores –decían que el mercado por sí mismo regularía toda disfunción social– de solucionar las necesidades más básicas de la humanidad. Esa doctrina fundamentalmente económica –basada en el crecimiento–, pero también política, ideológica y social, por la que el capital dinero tiene más importancia que la el “capital humano”, generó más desigualdad social, más destrucción ambiental, más desprecio por los derechos humanos, por la diversidad cultural y por la soberanía de los pueblos, más inseguridad en todos los campos, del local al global, y un boquete insalvable entre el centro y la periferia del sistema.

Sin embargo, no es menos cierto que el enemigo no es sólo el neoliberalismo. Es el capitalismo en sí. El neoliberalismo no es más con un capitalismo gordo y seboso, muy pesado y poderoso, pero también con evidentes riesgos cardiovasculares, que por fuerza deben llevar al infarto. Nosotros intentamos inducir ese infarto y a ser posible sin que haya cerca ningún experto en reanimación cardiopulmonar. Como dice François Houtart: “La distinción entre un capitalismo salvaje y un capitalismo civilizado no existe, porque el capitalismo es civilizado cuando debe y salvaje cuando puede”.

TEORÍA DEL DECRECIMIENTO

El razonamiento de la llamada teoría del decrecimiento es bien sencillo, casi de perogrullo, y existe porque existe el crecimiento. El sistema neoliberal imperante se sustenta en la falacia de que un crecimiento continuo –entendido este como crecimiento económico medido más que nada a través del PIB– es directamente proporcional al bienestar de la humanidad. Según dicen proporciona empleo, servicios sociales a pesar de que estos sean privados, bienes materiales a puñados, cohesión social, tecnologías que arreglarán toda disfunción social a largo plazo y camina hacia una mayor igualdad entre los seres humanos. Pero a nadie escapa que este crecimiento, que sólo habla de un crecer infinito en la producción de bienes y servicios (PIB), no es compatible con el hecho de que se cimienta en uno continuo expolio de los recursos naturales del planeta, de la materia y de la energía.

Siendo estos recursos finitos, resulta por lo tanto evidente que el crecimiento continuo es un imposible, y con él caminamos no solo a un cataclismo ecológico irreversible, y por lo tanto a hacer peligrar la vida en el planeta, sino a una deshumanización de la propia especie humana, que extermina culturas, lenguas, civilizaciones y todo lo que signifique futuro. Frente a esto sólo parece quedar un camino, coger la autovía del decrecimiento sí o sí. En nosotros está que ese decrecimiento sea sostenible, controlado, o por el contrario traumático, en forma de recesión primero y grave y conflictiva depresión después, entrando en una especie de economía de guerra.

De este modo, quienes defienden el decrecimiento afirman que no es posible conservar el medio ambiente, y por lo tanto la humanidad, sin reducir la producción económica, responsable de que actualmente estemos superando la capacidad de regeneración del planeta, como veremos más adelante. Hace falta pues caminar hacia reducción radical del consumo y de la producción, estableciendo una etapa de transición hacia una nueva forma de organización social, hacia una economía que produzca bienes en función de las necesidades reales de todas las personas respetando los límites planetarios.

El decrecimiento por lo tanto no es una teoría ni un simple anhelo de los movimientos sociales. Ni siquiera tiene un programa concreto. No existe un comité mundial para el decrecimiento ni una fórmula global para decrecer. De hecho, algunas cosas tendrán que decrecer, más otras no. El decrecimiento es más bien una consigna, o a lo mejor una ley natural inevitable, tan inevitable como la noche después del día, “defendida por quienes realizan una crítica radical del desarrollo con el objetivo de romper el discurso estereotipado y economicista y diseñar un proyecto de recambio para una política del ‘postdesarrollo’? (Serge Latouche).

Vaya, que como dice uno de los padres del decrecimiento, Georgescu-Roegen, “antes o después el crecimiento, la gran obsesión de los economistas estándar y de los marxistas, tiene que terminar. La única pregunta abierta es cuando”.

EL MITO DEL CRECIMIENTO

El crecimiento económico –pues hay otros crecimientos benévolos e incluso deseables– parece ser la única medida que el sistema emplea para legitimarse y de él hicieron un dogma social que quedó impreso en las personas de lo común:
1. Es el objetivo central de nuestras sociedades, el horizonte de las políticas de quien nos malgobierna, incluso desde la izquierda, que discute la redistribución, pero no la producción y el consumo. Históricamente asistimos a un pacto izquierda-derecha con una connivencia de los sindicatos en materia económica.
2. Nadie se pregunta que y para que producir.
3. Hay una prostitución del lenguaje, de las consignas, para convencer a la población, pues sólo se habla de crecimiento (hast
a negativo), como si hablásemos de rejuvenecimiento negativo en vez de envejecimiento (Giorgio Monsangini).

EL CRECIMIENTO NO CUADRA

Según la economía capitalista, o desarrollista, mientras los indicadores económicos vayan bien, ora decir hacia arriba, el nivel de vida de las personas será mejor, porque estas tendrán más bienes materiales y sociedades más tecnológicas que ayudan a ser más felices. De este modo, en los últimos años se extendió por ejemplo la idea de que las economías saneadas tenían que crecer un 3% anual para mantener el bienestar e incluso muchas trasnacionales pusieron el límite de crecimiento anual en un 7%. De lo contrario, lo deseable era la deslocalización para buscar mayores beneficios.

Habría que decir, que esos indicadores económicos no parecen fiables más que para hacer cuadrar las cuentas anuales de los consejos de administración de las grandes empresas y como argumento discursivo del político de turno. Así, el PIB, o el valor monetario total de la producción corriente de bienes y servicios de un país durante un período, es, según J. K. Galbraith “una de las formas de engaño social más extendidas”. De hecho, el PIB mide exclusivamente la producción de bienes y servicios (sean estos coches fabricados, minerales extraídos, árboles talados, construcción de presidios, gestión de accidentes y desastres naturales, o armas producidas y vendidas), pero no tiene en cuenta ni la justicia social ni los costes medioambientales, que son básicos para el buen vivir de la humanidad, por lo que equipararlo al “progreso” social es una barbaridad. Como bien dice Carlos Taibo: “un bosque convertido en papel aumenta el PIB, mientras que ese bosque indemne, decisivo para garantizar la vida, no computa como riqueza”.

Sólo lo que produce PIB parece ser deseable para la sociedad. De este modo, una familia campesina que cultive sus vegetales para autoconsumo, que críe el ganado del que se alimenta y del que obtiene trabajo en las plantaciones, que haga su vino y su pan o que repare su vivienda, no estaría generando prácticamente PIB, no generaría riqueza y, por lo tanto, para el sistema imperante sería una familia de infelices que no es deseable para la humanidad. No obstante, para todos es entendible que esa familia produce bienes no intercambiables por dinero que aumentan mucho su calidad de vida. Ya lo dice Monsangini: “El PIB crece cuando culturas, formas de vida, bienes no intercambiables… son sustituidos por mercancía”.

Entre otras, hay dos cuestiones claves que deslegitiman claramente el mito del crecimiento:
1. No ha generado tanto bienestar como dicen para la humanidad
2. Con él se está superando la biocapacidad del planeta, o sus límites ambientales
1-. Si bien es cierto que el crecimiento ha generado beneficios para la humanidad, esto sólo es aplicable la una minoría de esa humanidad, la del Norte global y, además, es muy discutible que los techos económicos conseguidos hoy sean beneficiosos incluso para esa parte de la humanidad privilegiada. Bien apunta Carlos Taibo que la mayor parte de sociedades “occidentales” piensan que vivían mejor en la década de 1960 –antes del neoliberalismo– y que los porcentajes de ciudadanos y ciudadanas que se declaran felices y satisfechos es cada vez menor. Más bienes materiales, no implican felicidad. Es más, la obsesión por la acumulación de bienes genera más infelicidad.

Por otro lado, hay datos de peso que corroboran que el neoliberalismo redundó en el perjuicio de la mayor parte de la población mundial. Si en 1960 la brecha entre lo 20% más rico del planeta y el 80% más pobre era de 1 a 30, hoy es de 1 a 80. Las desigualdades son pues cada día más gigantescas, tanto entre el Norte y el Sur del planeta como en el interior de los Estados, incluyendo los de la UE y los EUA, que acopian alarmantes bolsas de pobreza, desempleo, degradación ambiental, pérdida de coberturas sociales, etc. en un meteórico proceso que ya se conoce como la tercermundialización de las ciudades occidentales. El sueño americano, por ejemplo, es hoy es imposible para más de 38 millones de personas, que son las que en los EE.UU viven bajo la línea de la pobreza.
2-. El otro dato tiene que ver con la capacidad del planeta para sustentar la vida. El crecimiento, la producción de bienes y servicios, necesariamente aumenta el consumo de recursos naturales, y este consumo es mucho mayor que la capacidad de regeneración del planeta.

Todos los indicadores apuntan al agotamiento de recursos. Con las tendencias actuales, que según la teoría del crecimiento deben aún crecer, el pico del petróleo se producirá entre 2010 y 2040, sólo queda gas natural para 70 años, uranio para 80-160, carbón para 150; el cambio climático es un hecho, la extinción de especies supera 5.000 veces a la de fondo y la mitad de la diversidad biológica puede desaparecer la finales del próximo siglo, etc.

Uno de los indicadores más utilizados es el de la huella ecológica, esto es, el cálculo en hectáreas del espacio necesario de una persona o grupo de personas (un país, una comunidad) dado para obtener sus recursos y descartar sus residuos. La huella ecológica es muy complicada de medir y cuantitativamente es muy dudosa, pues no atiende por ejemplo a la contaminación –solo al CO2 y a la energía nuclear–, ni a que compartimos espacio en el planeta con otras especies. Sin embargo, cualitativamente es muy indicativa. Hoy la humanidad ya está usando 1,3 Tierras y según los pronósticos en 2050 usaremos 2 Tierras. Superamos la biocapacidad del planeta en 1980 y la triplicamos entre 1960 y 2003, de manera que hoy, por ejemplo, un norteamericano precisa 12,9 (5,5 en los EE.UU y 7,9 fuera) hectáreas de Tierra para producir todo lo que consume y echar los residuos que genera, mientras que un habitante de Bangladesh usa 0,56 Tierras. La capacidad de carga del planeta es de 1,9 has/habitante. Además, todos los países del Norte tienen más huella ecológica de la que tiene la capacidad de carga de su país, de manera que el resto lo obtienen del Sur.

Por causa de estas cifras deducimos que si todos los habitantes de la Tierra viviesen como los europeos precisaríamos 3 Tierras, y para vivir como los estadounidenses 7.

Y un dato para la reflexión que nos proporciona Xan Duro (Verdegaia): “el único país del mundo que en base a los índices de desarrollo humano de la ONU y el PIB, supera el umbral de retraso pero se mantiene dentro de los parámetros de la sostenibilidad es Cuba”.

NO AL DESARROLLO SOSTENIBLE

Y entre crecimiento y decrecimiento hay algo? Para muchos el desarrollo sostenible. Un crecer con cuidadito bastante ilusorio. El decrecimiento, como necesidad social y planetaria, se opone radicalmente al término tan empleado y, para muchos y muchas activistas, ya vacío de contenido de “desarrollo sostenible”, especialmente porque la clase política y empresarial ha identificado desarrollo con crecimiento, de manera que se da una flagrante contradicción: lo que se desarrolla no puede ser sostenible, y lo que es sostenible no se desarrolla. Este término, nacido del informe Brundtland en 1987 y adoptado por los poderosos después de la cumbre de Río de 1992, para muchos autores (J.M. Naredo) “está sirviendo para mantener la fe en el crecimiento de
los países industrializados”.

Si bien es obvio que los límites del planeta son aceptados por todos, desde los economistas neoliberales a los ecologistas, para los primeros los avances tecnológicos permitirán superar todos los techos que la naturaleza imponga, de manera que podemos seguir creciendo y confiar en la ciencia. Ese es el argumento fundamental, porque no hay otro, para defender que sí puede haber un crecimiento sostenible y para rebatir las pótesis de quienes defienden la necesidad de tomar la senda del decrecimiento. Para estos gurús, el progreso tecnológico abre el camino hacia desmaterialización de nuestras economías, dando cuerpo a tejidos productivos cada vez menos dependientes de la materia y de la energía. Mas cómo dice Mauro Bonauti: “quieren hacernos creer que se pueden hacer más pizzas con menos harina, simplemente empleando un horno mayor o más cocineros”. ¿No son las economías más “avanzadas” las que gastan más materia y energía?

El decrecimiento descarta el efecto del crecimiento tecnológico con el llamado Efecto Rebote: a pesar de que se empleen menos materia y energía gracias a los avances tecnológicos, el fomento del consumo siempre produce más gasto.

EL DECRECIMIENTO COMO CONSIGNA

Estamos delante de una corriente de pensamiento y un movimiento social a la vez.
1-. Corriente de pensamiento

La noción de decrecimiento surge fundamentalmente del trabajo de Nicholas Georgescu-Roegen, un economista norteamericano de origen rumano que escribió su obra entre los años 60 y 70 –escribe su obra más famosa, ‘The Entropy Law and the Economic Process’ en 1971, antes de la crisis del petróleo– y que se considera padre de la bioeconomía, por la que aplicaba leyes físicas y biológicas a la economía. El empleo de la segunda ley de la termodinámica, mediante la cual la entropía –la energía que no puede utilizarse para producir trabajo– de cualquier sistema cerrado aumenta con el tiempo de manera irrevocable e irreversible, está en la base de sus teorías. Al estar la humanidad atada por el hecho de que se enfrenta a la dependencia absoluta de energía y materia que se degradan continuamente, tenemos que reducir drásticamente nuestro consumo hasta respetar los límites de la biosfera.

También hay que tener en cuenta el famoso informe del Club de Roma de 1972 (Los límites del crecimiento), en el que se afirmaba que en un planeta limitado, las dinámicas de crecimiento exponencial (no sólo el PIB, también la población) no son sostenibles; de suerte que se debería tender la un crecimiento cero, teoría defendida por otros economistas, como Herman Daly, y descartada por Georgescu-Roegen antes y por indicadores como la huella ecológica hoy.

Otros antecedentes teóricos los encontramos en Karl Polanyi, Jaques Grinevald, André Gorz, Edgar Morin, Ivan Illich (contraprodutividad), etc.

Desde aquel entonces son muchos los autores que investigan hoy sobre decrecimiento, especialmente en Francia, por gente como Serge Latouche, Vincent Cheynet, François Scheneider… y varios italianos, como Mauro Bonaiuti, Maurizio Pallante, Paolo Cacciari, etc.

Dentro de los teóricos del decrecimiento es Cheynet el que da en el clavo al diferenciar entre decrecimiento sostenible y decrecimiento insostenible, o traumático, poniendo como ejemplo del segundo el caso de Rusia desde 1990, con datos alarmantes, como que la esperanza de vida era de 70 años en 1980 y de 59 en la actualidad.
2-. Movimiento social a tres escalas
1. Individual (simplicidad voluntaria, autoproducción de bienes y servicios, etc.)
2. Colectiva (autogestión, cooperativas de consumidores, banca ética, redes sociales de intercambio, etc.)
3. Acción Política (propuestas, movilizaciones, etc.)
¿QUÉ SOCIEDAD BUSCA EL DECRECIMIENTO?

Valdría para explicarlo un texto de André Gorz:
“Intenten imaginar una sociedad fundada en estos criterios. La producción de tejidos muy resistentes, de zapatos que duren años, de máquinas fáciles de reparar y capaces de funcionar un siglo, todo ello está, desde hace tiempo, al alcance de la técnica y de la ciencia de la misma forma que la multiplicación de instalaciones y de servicios colectivos (de transporte, de lavado, etc.) que nos libren de la compra individual de máquinas caras, frágiles y devoradoras de energía.

Imaginen en cada inmueble colectivo 2 o 3 salas de televisión (una por programa); una sala de juegos para los niños; un taller bien equipado de bricolage; una lavandería con secadora y plancha: tendrían ustedes todavía la necesidad de todos vuestros equipamientos individuales, y seguirían atascándose en las carreteras si hay transportes colectivos cómodos hacia los lugares de descanso, aparcamientos para bicis y ciclomotores, una red de transportes en común para las afueras y las ciudades? Imaginen también que la gran industria, planificada centralmente, se limita a producir lo necesario: 4 o 5 modelos de zapatos y de prendas que duren, 3 modelos de coches robustos y transformables, además de todo lo necesario para los equipamientos y servicios colectivos. Es imposible en economía de mercado? Sí. Sería el paro masivo? No: la semana de 20 horas, a condición de cambiar el sistema. Sería la uniformidad y la monotonía? No, pues imaginen esto también: cada barrio, cada municipio dispone de talleres, abiertos día y noche, equipados de toda una gama tan completa como sea posible, de herramientas y máquinas, dónde los habitantes, individualmente, colectivamente o en grupos, producirán ellos mismos, fuera del mercado, lo superfluo, en función de sus gustos y deseos. Como sólo trabajarán 20 horas por semana (y puede que menos) para producir lo necesario, los adultos tendrán todo el tiempo de aprender todo lo que los niños aprenderán por su lado en la escuela primaria: trabajo de la madera, del cuero, de tejidos, de la piedra, de metales; electricidad, mecánica, cerámica, agricultura…
¿Es una utopía? Puede ser un programa. Pues esta “utopía” corresponde a la forma la más avanzada, y no la más frustrada del socialismo: a una sociedad sin burocracia, dónde el mercado decae y dónde hay suficiente para todos y dónde las personas son individualmente y colectivamente libres de modelar sus vidas, de elegir lo que quieren hacer y tener además de lo necesario: una sociedad dónde el libre desarrollo de todos sería a la vez el fin y la condición del libre desarrollo de cada uno Marx dixit”.

LAS TRES DIMENSIONES DEL DECRECIMIENTO
1. Ecológica: la conservación de la naturaleza es una premisa irrenunciable
2. Económica: Menos producción y consumo. Por ejemplo, la reducción y reparto del tiempo de trabajo. Latouche lo cifra en 4 o 5 horas diarias, Gorz en 1000 horas en vez de 1600. Con esto conseguiríamos que la gente no se sintiese excluida y trabajar para proporcionar bienes y servicios necesarios. Saliéndonos de la economía del trabajo produciríamos menos porque precisaríamos consumir menos. Bonaiuti argumenta la reducción drástica del consumo provocaría malestar social, desocupación y, en última instancia, el fracaso de la política económico-ecológica alternativa. Propugna, en consecuencia, potenciar los “bienes relacionales” –atenciones, conocimientos{_V
IR_} participación, nuevos espacio de libertad y de espiritualidad, etc.– y caminar hacia una economía solidaria. El decrecimiento material tendría que ser un crecimiento relacional, convivencial y espiritual.
3. Social: Simplicidad voluntaria y autosuficiencia, cambios en los parámetros de vida, volver a las sociedades colectivas. Ruralización frente a urbanización, reparto frente a acumulación, localización frente a globalización, decrecimiento frente a hiperconsumismo, ocio frente a trabajo obsesivo; menos, menos, menos…
¿Y COMO APLICARLO?

Los teóricos esgrimes dos básicamente dos maneras:
1. Autogestión de las comunidades más allá de los aparatos de Estado
2. Con una planificación central, con aire socialista
¿CÓMO DECRECER?

Serge Latouche lo intenta resumir de manera gráfica y parcialmente en su programa de las 8 R: Revaluar (revisar nuestros valores: cooperación vs. competencia, altruismo vs. egoísmo, etc.); Recontextualizar (modificar nuestras formas de conceptualizar la realidad, evidenciando la construcción social de la pobreza, de la escasez, etc.); Reestructurar (adaptar las estructuras económicas y productivas al cambio de valores); Relocalizar (sustentar la producción y el consumo esencialmente la escala local); Redistribuir (el acceso a recursos naturales y las riquezas); Reducir (limitar el consumo a la capacidad de carga de la biosfera); Reutilizar (contra el consumismo, tender hacia bienes durables y a su reparación y conservación); Reciclar (en todas nuestras actividades).

Las propuestas son infinitas:
1. Relocalización de la economía a escala local: evitar la concentración de empresas. Mercados locales y artesanados que generen una economía local, de calidad y sin publicidad.
2. Relocalizar la producción y también la política.
3. Abandono del consumismo y la publicidad.
4. Economía solidaria (comercio justo, banca ética, consumo crítico, cooperativas de consumo, intercambios no mercantilizados como las redes de cambio).
5. Reparto de recursos.
6. Salario máximo y renta básica.
7. Autoproducción de bienes y servicios.
8. Prohibir privatizar servicios públicos esenciales (agua, educación, sanidad y bienes comunes; con lo que también se generaría trabajo).
9. Abandono absoluto de la agricultura intensiva por la agroecología.
10. Energías renovables, menos consumo, eliminaciones de las no renovables.
11. Desindustrialización: Cerrar las industrias automovilística, militar, aviación y reconducir el empleo hacia campos relacionados con la satisfacción de las necesidades sociales y ambientales.
12. Desurbanización (vivimos en el 0,2% de la superficie del planeta. Las ciudades son parásitas del crecimiento).
13. Ciudades en transición (Slow cities).
¿CUANTO DECRECER?

Hay quien habla del 5% anual para no entrar en convulsión, en el caos. En los países pobres sería otra cosa, pero sobre todo que no sigan nuestro modelo. Para esos países se impone, en la percepción de S. Latouche, un listado diferente de “R”: Romper con la dependencia económica y cultural con respeto al Norte, Retomar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización, Reencontrar la identidad propia, Reapropiar esta, Recuperar las técnicas y saberes tradicionales, conseguir el Reembolso de la deuda ecológica y Restituir el honor perdido.

ALTERNATIVAS REALES EN MARCHA

Hay movimientos ciudadanos muy importantes que optan por el decrecimiento, especialmente en Francia e Italia.

En Francia hay desde Institutos de estudios económicos sobre el decrecimiento sostenible (www.decroissance.org) a una revista semanal, ‘La Décroissance’ 8también con redacción en Italia), que ya tiene una tirada de 50 mil ejemplares. También existen movimientos como la Red de Objetores de Crecimiento e iniciativas prácticas muy abundantes, como los SEL (Sistemas de intercambio locales), las RES (redes locales de economía solidaria) y los famosos AMAP (asociaciones para el mantenimiento de la agricultura campesina), que cada mes pagan una pequeña cantidad que le permite al productor disponer del dinero y él va suministrando de productos de temporada a los socios y que ya alimentan a un millón de franceses y francesas.

En Italia cabe destacar la Rete per la descrescita (www.descrescita.it), en Catalunya la Entesa pel decreixement (www.decreixement.net), etc.

En otros lugares, como en mi país, Galiza, las iniciativas están surgiendo sin parar en los últimos años. Se cuentan ya varias cooperativas de consumo (Árbore, Xoaniña, Semente, etc.), mercados de cambio, redes de comercio justo, masas críticas, Fiare y Coop 57 (banca ética), red de permacultura (ecoaldeas), etc.

Son alternativas reales, locales que, paradójicamente, de crecer implicarían ya de por sí decrecimiento. No hay una fórmula, pero todo comienza por actitudes personales y sobre todo por lo local, pues difícilmente los poderosos van a aceptar un camino de decrecimiento controlado. ¿O sí?
ttp://www.altermundo.org/content/view/2320/175/

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