autor Archivos: Andrés Piqueras

Algunas preguntas incómodas sobre el terrorismo

  Ante las continuas matanzas de seres humanos perpetradas en los últimos años mediante atentados en Asia, África, Norteamérica y Europa, cabe empezar a hacerse en público algunas preguntas sencillas pero fundamentales. ¿Saben nuestras sociedades, por ejemplo, que Los Hermanos Musulmanes se crearon a instancias del imperio británico para asegurar su dominio en Egipto y… ( Leia mais » )

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El fascismo transnacional y el demonio ruso

En la dramática coyuntura mundial que tenemos por delante confluyen dos procesos de enorme gravedad. Por un lado, la Segunda Gran Crisis del capitalismo, que arrastramos con altibajos desde los años 70 del siglo XX, y que parece no encontrar vías para la reactivación del capital productivo (razón por la cual el sistema ha emprendido… ( Leia mais » )

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Fascismo e inmigración

El fascismo no es algo distinto al capitalismo, es su versión más salvaje. La que adopta para hacer frente a las fuerzas del Trabajo organizado. Es decir, es en lo que se convierte el capitalismo cuando la población trabajadora ha adquirido un nivel de conciencia y organización tales que comienzan a poner seriamente en cuestión… ( Leia mais » )

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Chávez

Supe por primera vez quién era Chávez, en 1992, en mi primer viaje a Venezuela. Justo cuando el comandante Chávez, junto con otros militares del MBR200, se levantó en contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez que venía asesinando a la población venezolana alzada contra las políticas de muerte que tres décadas antes que en… ( Leia mais » )

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Las Razones de la Crisis que no nos Cuentan, o cómo se Hace la Lucha de Clases desde Arriba

En las sociedades europeas centrales a finales de la década de los 60 del siglo XX y muy especialmente a partir de la quiebra económico-energética de 1973, se evidenciaría el cierre del modelo de crecimiento keynesiano, ligado a lo que se llamó el “capitalismo organizado”, que entrañaba a su vez la prevalencia de la opción… ( Leia mais » )

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SE ACABA EL TIEMPO

1. Se acaba el tiempo del reformismo La opción reformista, que bien pudiéramos llamar “socialdemócrata”, en cuanto que forma de regulación de las relaciones Capital/Trabajo fue común, con diferentes grados de desarrollo, a las formaciones sociales centrales y semicentrales, y tuvo sus sucedáneos en ciertas expresiones populares de algunas de las formaciones periféricas. La socialdemocracia… ( Leia mais » )

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Nuevo proletariado ¿Nuevas luchas? Nuevos desafíos para las izquierdas

Tras la generalizada derrota de las organizaciones del Trabajo en la postguerra europea, el capitalismo keynesiano había logrado integrar al salariado a través del consumo y de todo un entramado de dispositivos de fidelización que al tiempo servían de medidas anticíclicas (seguridad social, ciudadanía, servicios sociales, relaciones laborales reguladas, etc.). El Trabajo fue, de esta… ( Leia mais » )

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Algunos Criterios para Calibrar la Decadencia del Sistema Capitalista

La larga degeneración capitalista comenzó para algunos autores con su gran crisis de los años 20 del siglo XX y su posterior salida reformista, que bien pudiéramos llamar socialdemócrata. Ésta significó, más allá de la expresión partidista política capitalista al frente en cada momento, una nueva forma de regulación de las relaciones Capital/Trabajo y la… ( Leia mais » )

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¿El fin del capitalismo amable? La posible caida de los últimos bastiones de la Europa social

A principios del siglo XIX el canciller austriaco von Metternich había propuesto la necesidad de instaurar un Concierto Europeo supranacional, por encima de los intereses de cada Estado, como método de defensa común contra las revoluciones. Las diferencias entre el Viejo Orden y el Nuevo que se iba asentando, lo impedirían en la práctica.

Fuera de ello, la idea de una Europa Común ya en el siglo XX en realidad no es europea sino estadounidense. La estrategia de Washington tras la Segunda Guerra Mundial para asegurarse su dominio del mundo capitalista, estuvo basada en la apertura de los mercados de trabajo europeos a su capital, y de los mercados de productos a sus bienes industriales. Algo en lo que se empeñó muy especialmente y obtuvo en la Alemania vencida, a la que impuso la total apertura de su economía a los productos norteamericanos y a su inversión externa directa. Después presionó para una integración de la Europa occidental a través de tratados que garantizasen la apertura de la economía de cada país a los productos de los demás. De esta for¬ma, desde su base alemana, los capitales industriales norteamericanos tendrían a su alcance la totalidad de mercados de la Europa Occidental.

Durante cerca de treinta años EE. UU. lideró indis¬cutiblemente el espacio político y económico unificado en que había convertido al hasta entonces conjunto disperso de potencias capitalistas. Sin embargo, a partir de los años setenta del siglo XX, con la transnacionalización del capital, inicia la carrera hacia el liderazgo mundial único en un mundo en el que la ley del valor del capital rige por igual en el conjunto de sociedades, rompiendo las reglas del juego con sus an¬tiguos “socios”. Es por ello que Europa se ve forzada a buscar su reacomodo ante la falta de reglas y el uso de la fuerza militar a conveniencia que presidirán la nueva dinámica hegemónica norteamericana tras la caída del Este.

Pero sin proyecto político colectivo, ni política exterior común, ni capacidad de presión al coloso, la Europa occidental busca su espacio bajo el sol mediante el lanzamiento de su propia patente: la “globalización con derechos”, con la que pretendía atraerse también a las élites de las sociedades periféricas. Esta opción europea, al tiempo que consigue resaltar las contradicciones de la dominación made in USA, logra poner en evidencia la actitud de la principal potencia respecto a la propia Unión Europea: como viejos impulsores de ella los estadounidenses no pueden hacer explícita su actual oposición a la misma, antes bien necesitan socavarla mediante procedimientos velados.

Mientras tanto, paradójicamente, las clases dominantes europeas han ido dando los pasos pertinentes para aproximarse al modelo capitalista norteamericano (el más proclive a lo que se ha conocido como “capitalismo salvaje”), a través de una reordenación colectiva estratégica para debilitar la posición de fuerza que había conseguido históricamente el Trabajo.

Desde el Tratado de Maastricht de 1992 al de Lisboa de 2001 el rosario de Cumbres y Acuerdos o Tratados que salpican esos diez años responde a un cuidadoso plan de desregula¬ción social de los mercados de trabajo (lo que significa la paulatina destrucción de los derechos y conquistas laborales), de liberalización económica (en detrimento de la intervención de carácter social de los Estados y en beneficio del papel que éstos juegan a favor del gran capital), y de ruptura unilateral, en suma, de los pactos de clase que habían mantenido cierto equilibrio social en la larga postguerra europea, extremando las desigualdades tanto intra como intersocietales entre los países de la Unión (1).

Para consolidar estos “logros” el Capital da carta constitucional al nuevo marco de regulación unilateral que estaba construyendo. Con la Constitución Europea lo que se pretende es precisamente eso: la constitucionalización de todos aquellos Tratados ultraliberales llevados a cabo por las élites de poder europeo, que regaron la década de los noventa y lo que llevamos del siglo XXI, erigiéndose la Constitución en instrumento privilegiado de apoyo mutuo entre los Estados para terminar de cumplir tales objetivos, de manera que siempre puedan escudarse unos en otros y todos en la Constitución (que queda por encima de las constituciones estatales) para hacer valer los mismos (2). De manera que sea “anticonstitucional” oponerse a ello.

Cuando Alemania decide relevar en el esfuerzo unionista europeo a EE.UU. es porque su industria ha perdido “competitividad” en el capitalismo transnacional y debe hacer la reconversión de la misma de cara a la exportación, así como bajar sensiblemente el poder social de negociación de su fuerza de trabajo. El primer objetivo iba a ser financiado por los países periféricos del antiguo Mercado (común) europeo. Para el segundo es el que se requiere el concierto de países a través de Tratados y Constitución. Efectivamente, al atar al conjunto de países europeos menos competitivos al euro (con la moneda única, se intenta sustraer por ley en cada país el valor del dinero a la lucha de clases), quedan impedidos de compensar su inferior productividad con devaluaciones de sus monedas (3). A estos países sólo les queda competir a través del aumento de la explotación extensiva de su fuerza de trabajo, ya que no pueden hacerlo por vía de la mayor productividad de ésta a través del aumento de la composición técnica del capital (o capital fijo). Y si competitividad significa en términos de capital transnacional, los costos unitarios de las mercancías producidas en una formación socioespacial frente a los de otras formaciones (esto es, el grado de explotación de la fuerza de trabajo que se consigue en cada Estado), los países periféricos europeos intentarán compensar ese déficit mediante el aumento de las exportaciones que calculan será factible gracias a la depreciación interna del trabajo incorporado a las mercancías (4). Ese camino es, sin embargo, muy poco seguro, dado que cada vez más países compiten en torno a los mismos elementos y decisiones.

Pero si en el disciplinamiento del Trabajo el Capital se coordina a escala supraestatal (UE), en su pugna interna sigue anclado en los Estados, de forma que en la UE no hay compensación distributiva ni nivelación del desarrollo tecnológico, sino que el Capital opera por lo que a rentabilidad se refiere de manera individual o estatal. Lo que significa que hay un continuo drenaje de beneficios de los países periféricos europeos (menos “competitivos”) a los centrales. Estos últimos, además, a través de sus transnacionales, realizan una operación de compra de la riqueza social de los primeros, con la privatización incluso de sectores estratégicos como la energía, los transportes y las comunicaciones, dejando la soberanía cada vez más limitada al campo de la demagogia.

Esto es más visible aún para el caso de los nuevos países incorporados de la Europa del este, donde la UE se expande de manera que recuerda más a las colonizaciones clásicas que a una “unión” de países. Aquí Alemania, sin embargo, tiene que competir seriamente con la implantación de EE.UU. que a través del FMI es quien gobierna realmente, dictando las políticas económicas y sociales, y sirviéndose de estos países para su opción estratégica de división europea (distinguiendo entre la “vieja” y la “nueva” Europa) (5).

Así pues, la escasa solidez del proyecto de la UE, que ha comenzado la casa por el tejado de la moneda única sin haber construido
el suelo de una integración política, fiscal y presupuestaria, ni las paredes de un acompasamiento general de la ganancia, sin la cual todo proyecto colectivo en el entramado capitalista es ficticio; sin gobierno único, ni sistema tributario distributivo compartido, ni capacidad de control político sobre la moneda (el BCE es independiente, al tiempo que los Estados renunciaron también a su potestad de emisión…), cuando los vientos de la crisis cíclica del capital golpean a través de los más débiles de sus miembros, el conjunto de la Unión y su moneda se convierten en un objetivo fácil de la especulación financiera.

Las agencias de calificación de riesgo (entre tres -Standards and Poor’s, Moody\’s y Fitch- controlan el 90% del mercado y son las que dicen cuánto valen los países) pueden dejar subir contra toda lógica la deuda de un país (pongamos Grecia), asegurando que es una deuda segura, para luego dejarla sin sostén descubriendo su insolvencia, recalificarla a la baja y recoger las ganancias por haber apostado contra ella. Se estima, por ejemplo, que Goldman Sachs ayudó a falsear a Grecia 15.000 millones de euros para que cumpliera con la UE en materia de endeudamiento público. A cambio recibió 300 millones de euros de comisión.

Algo parecido puede ocurrir con los Credit Default Swaps, vendidos (sobre todo por el Deutsche Bank y Goldman Sachs) para quienes quieren asegurarse contra la bancarrota de un país. No obstante, no hay que poseer bonos de ese país para comprar estos créditos, de manera que el mecanismo puede funcionar de la siguiente manera: si una persona compra un seguro que cobraría en caso de que se incendie la casa de su vecino, no hace falta imaginar mucho lo interesada que podría estar en que la casa se incendie.

En el caso de Grecia una sexta parte de la deuda está en manos de Bancos griegos. Éstos reciben préstamos del Banco Central Europeo (BCE) a un interés del 1%, que luego prestan al Estado griego a más del 6%. Para obtener los préstamos del BCE estos Bancos otorgan como garantía los bonos griegos que han comprado con la ayuda de los 28.000 millones de euros que el propio Gobierno les había concedido el año anterior (ver Diagonal, nº 126, 13-26 mayo, 2010).

Una vez que el brazo financiero del Capital ataca a las sociedades para concentrar la riqueza en los más poderosos, ayuda al brazo político a imponer por doquier el mismo tipo de medidas: austeridad de los gastos públicos, que significa descuartizamiento hasta donde sea conveniente del Estado Social, disminución de las cargas fiscales a las rentas de capital, medidas públicas a favor de los capitales privados, aumentos de la edad de jubilación y disminuciones de los salarios reales para la población asalariada, así como su creciente desprotección, entre otras.

En diciembre de 2007 el Consejo Europeo encargó a doce líderes europeos que realizaran un diagnóstico sobre la situación y las expectativas de la UE. Este grupo de sabios (algunos de los cuales son directivos de transnacionales europeas firmemente ligadas también a algunos ex-jefes de Estado), encabezado por Felipe González, tras formular las lamentaciones al uso (como el envejecimiento de la población europea, que “amenaza la competitividad de nuestras economías y la sostenibilidad de nuestro modelo social”, así como las presiones a la baja en los costes y salarios, o la creciente dependencia energética y el crecimiento por debajo de la media mundial, entre otras cuestiones), concluyeron, entre otras recomendaciones (El País, 08.05.10), que la UE no puede prescindir de la energía nuclear pero sí de las jubilaciones anticipadas; que debe frenarse la importación masiva de fuerza de trabajo para hacer una importación selectiva hacia la fuerza de trabajo cualificada; y que deben potenciarse las reglas de competencia al interior de cada Estado, esto es, los dictados del Tratado de Lisboa, donde se ha gestado la ofensiva coordinada del Gran Capital europeo contra las conquistas del Trabajo, para regular unilateralmente los mercados laborales de cara a acentuar la subordinación de aquél e incrementar a su costa las tasas de plusvalía (opción esta última de la que parece depender cada vez más la tasa de ganancia capitalista) (6).

El precario porvenir de la propia moneda única y por tanto del Mercado europeo, que es el auténtico proyecto que tienen entre manos las clases dominantes europeas (por eso durante mucho tiempo lo llamaron así: Mercado Común), se manifiesta ya en las propias dudas de Alemania, que se debate en la actualidad entre romper la incongruencia de la moneda única o mantener la ficción del bloque europeo para perseguir sus propios intereses. Sin embargo, aunque el euro quiera seguir manteniéndose, es muy posible que en el futuro inmediato asistamos a la bancarrota de diferentes países periféricos europeos, que probablemente tendrán que dejar esa moneda.

Mientras tanto las clases asalariadas, a falta de reacción internacional conjunta, seguirán viendo hundirse el edificio social europeo y con él sus conquistas históricas, sus salarios reales y su calidad de vida, que ya para los nacidos en la primera década del siglo XXI será inferior a la de sus padres, lo que no ocurría desde el último gran cataclismo interimperialista en Europa.
Notas
1 – No hace falta afinar mucho la previsión para saber qué podría ocurrir con países que signaban una misma moneda e iguales compromisos de cara al mantenimiento de la inflación, el déficit público o la deuda de las administraciones, teniendo en cambio enormes desigualdades en materia de renta per cápita, desempleo, protección social, inflación, balanza de pagos, dotación de infraestructuras o estado de las finanzas públicas. Efectivamente, el resultado fue el que se sabía, que las desigualdades se consolidarían y agrandarían. No podía ser de otra forma. Por ejemplo, para que una región con una renta por habitante de la mitad del promedio comunitario pudiese alcanzar el 90% de este último debería crecer 3 puntos en porcentaje del PIB por encima del promedio comunitario durante 20 años. Para que las comunidades autónomas con una renta equivalente a dos tercios del promedio comunitario pudiesen alcanzar este último necesitarían crecer más de 2 puntos por encima de la media comunitaria durante 20 años, y así sucesivamente [ver para más detalles, IU (1992) La izquierda y Europa. La Catarata, Madrid]. Pero no era la nivelación entre las sociedades europeas lo que se perseguía, ni mucho menos.
2 – Una Constitución redactada de forma farragosa y deliberadamente ambigua y larga por un reducidísimo grupo de representantes de los poderes fácticos euro¬peos, sin que ningún mandato ciudadano haya obrado por medio, ni los Parlamentos estatales ni la ciudadanía hayan podido enmendar ni una sola coma, viéndose por tanto obligados a votar la totalidad del texto se¬gún se les presenta. Una Constitución blindada, que exige la unanimidad de las partes para ser modificada en los aspectos sustanciales, que impone un modelo económico a imagen del capitalismo estadounidense, modelo al que supedita todo lo demás, incluidas las libertades políticas y civiles, amén de cualquier con¬sideración ecológica. Una Constitución que sustituye los derechos históricos por declaraciones de buenas intenciones, y que está notoriamente por debajo de los derechos que ya recogen las diferentes constituciones estatales; que transforma los se
rvicios públicos en “servicios de interés general” que pueden encomendarse a las empresas privadas, que sustituye el derecho al trabajo y los derechos del trabajo por el “derecho de trabajar” que menciona la igualdad entre hombres y mujeres sólo en el nivel promocional, que no sanciona el derecho a una vivienda digna, ni protección eficaz frente al desempleo, la vejez o viudedad. No reconoce la ciudadanía a l lación inmigrada, ni la sobera¬nía de los pueblos sin Estado, pero sí institucionaliza una Agencia Europea de Armamento, Investigación y Capacidades Militares paralela a la aprobación de la guerra preventiva.
3 – Sin embargo en un principio los países periféricos europeos se beneficiaron también de la moneda única. Así por ejemplo, como consecuencia de su ubicación en la zona euro, la atracción de capitales ejercida por los Bancos y por la venta o canje de títulos en los mercados financieros ha sido la principal fuente de enriquecimiento de la economía española, capaz de compensar sus enormes déficits comercial y por cuenta corriente.
La creación de ‘dinero financiero’ por las empresas españolas –en forma de acciones emitidas- llegó a suponer el 6% del PIB en 2000, superando ampliamente la creación de ‘dinero papel’ y ‘dinero bancario’. Se trata de pasivos no exigibles, en cuanto que en la práctica no van a necesitar ser devueltos. Y esto es así porque los países “desarrollados” pueden emitir pasivos que son comprados de buen grado por el resto del mundo como depósito de valor o como inversión segura, y que a la postre no se van a exigir (ni suponen hacerse con el control de las entidades que los emiten). Mientras que como los países “subdesarrollados” no pueden hacer lo mismo, deben recurrir a préstamos o a pasivos sí exigibles, o bien recibir inversiones que tienen como contrapartida la propiedad o control de sus propias empresas, recursos o actividades.
Es con el ahorro del resto del mundo, pues, con el que la economía española (como buena parte de la de las sociedades centrales) ha podido erigirse en compradora de la riqueza de los demás (de aquellos mismos que la dan dinero para que se apropie de su riqueza). Esto es fruto de su “modelo de desarrollo” parasitario, que por otra parte la hace una economía crecientemente vulnerable a los avatares financieros y bursátiles, y con escasa soberanía productiva, sea industrial o alimentaria.
Todo ese capital excedente que no se convierte en capital productivo, se invierte en Bolsa o en las cada vez más diversas modalidades de interés bancario.
Sirve también para la inversión en la industria del ocio-espectáculo (ferias, parques temáticos, grandes edificios emblema que exhiben la ‘riqueza’ del capital excedente, acogimiento de muestras y exposiciones internacionales, etc.), con el sobredimensionamiento de actividades como el fútbol (que ha hecho de España el principal inversor-especulador en ‘fuerza de trabajo futbolística’ y todos los negocios que le son anejos), etc.
Sin embargo, con la crisis bursátil de finales de siglo XX y las bajadas de los tipos de interés bancario, el capital excedente ya no se pudo seguir refugiando en la Bolsa o en la Banca. Hubo que buscar un nuevo campo en el que depositar toda esa liquidez: la inversión–especulación inmobiliaria. Lo cual atrajo todavía más capitales especulativos del exterior.
Sus posibilidades de revalorización, no obstante, estaban condenadas a ser tan efímeras como engañosas y acentuadoras del desequilibrio general del sistema.
4 – Por otra parte, el salario y la productividad son indicadores del grado de explotación del Trabajo. Si en una formación social se incrementa la tasa de explotación, en principio aumenta también su capacidad para atraer flujos internacionales de capitales productivos (y financieros). O al menos eso es lo que se pretende.
5- Los países anglosajones, EE.UU. y Gran Bretaña, se han aliado históricamente contra el proyecto pangermano continental. De hecho, su línea de no traspaso consiste en evitar por todos los medios (incluso los militares) la alianza germano-rusa (una alianza que supondría la fuerza formidable de buena parte de Eurasia). Ese fue el origen de la declaración de guerra a Alemania por parte de Gran Bretaña en la II Gran Conflagración Interimperialista y es “causus belis” para EE.UU. en la actualidad, previniendo cualquier acercamiento a Rusia por parte de la UE [ya se sabe lo que al respecto significa la famosa frase de Halford Mackinder: “quien domine el corazón de Eurasia domina la isla del centro del mundo; quien domine la isla del centro del mundo dominará el mundo”. (Esa “isla” no es otra que Asia occidental)].
6 – Todo ello se compagina, de puertas para afuera, con las presiones a terceros países para que sellen acuerdos de “libre comercio” con la UE, es decir, para que abran sus puertas sin restricciones a las exportaciones europeas, sean industriales o agrícolas, y para que al mismo tiempo se dejen llevar sin restricciones o compensaciones sus materias primas [Hay que tener en cuenta que la UE importa en torno al 80% de sus materias primas metálicas, y es totalmente dependiente en lo que se llama “metales de alta tecnicidad”, necesarios para la fabricación de productos de alta tecnología. La presión sobre América Latina al respecto es especialmente agresiva, sobre todo a través de España y aprovechándose para ello al máximo su presidencia rotativa de la UE].

Junio de 2010

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Las finanzas contra la política u otra forma de hacer política sin contar con los gobernados

Las finanzas contra la política u otra forma de hacer política sin contar con los gobernados

Andrés Piqueras
Rebelión

En estos momentos lo que está en juego para el Capital a escala global es la reestructuración de su dominio de forma compatible con el freno a la caída de su tasa de ganancia. O lo que es lo mismo, a medio plazo se trata de recomponer seriamente las bases económicas del Sistema sin alterar el domino de la clase capitalista mundial.
Esa estrategia pasa por el desmantelamiento de los mecanismos de regulación social de fases anteriores y la aplicación de la versión más antipolítica del capitalismo, propia de las situaciones de decadencia de un determinado régimen de acumulación.

Para ello el Capital cuenta con un tiempo de ensayo-error de estratagemas y políticas y brutales que sólo la actual desorganización y desactivación del Trabajo a nivel mundial le permite (circunstancias estas últimas que son resultado, a su vez, de la agresión neoliberal contra el Trabajo emprendida en todo el planeta a partir de los años 70 del siglo XX).
En su ofensiva contra la Política como espacio de encuentro de intereses de las distintas fuerzas sociales y coordinación de la vida en colectivo, el Capital tardío se vale de su componente más eminentemente especulativo o parasitario: el capital financiero en toda su hinchada dimensión, circunstancia que le otorga creciente poder o capacidad de regular los mercados y las políticas.

En su época de esplendor, mediante él se lanzaron los más virulentos ataques contra países y poblaciones: México, Japón, México otra vez, Brasil, Rusia, sureste asiático, son algunos de los dramáticos jalones de tamaño desbocamiento, en las décadas de los 80 y 90, que acabaron con el hundimiento de Argentina al comenzar el nuevo siglo.

En estos momentos el ojo de la ofensiva especuladora la realizan sobre todo las entidades bajo control de Estados Unidos contra el corazón de la vieja Europa. Irlanda e Islandia ya pagaron por su seguidismo de los dictados neoliberales y ahora le ha tocado el turno a Grecia, España y Portugal, y probablemente más tarde a Italia (en conjunto, los llamados PIGS: Portugal, Italy, Ireland, Greece y Spain, por la “graciosa” ocurrencia a partir de sus nombres en inglés), pero puede que también, de nuevo, la misma Gran Bretaña tenga que hacer frente a esa ofensiva [si bien, no ha faltado quien sostenga que ésta iría dirigida más en función de la existencia de gobiernos “socialdemócratas” (para que adapten su paso al neoliberalismo más feroz), que a causa de la propia inseguridad o insolvencia financiera de los países].

Estos ataques tratan de imponer un conjunto de medidas ajenas a los programas políticos sometidos a elección popular y a los compromisos entre los agentes económicos, políticos y sociales a escala de cada Estado. Tales medidas para “salvar” a los países tras los ataques financieros vienen dictadas por el conjunto de instituciones internacionales encargadas de velar por los intereses del gran capital, y directamente por los del brazo especulativo de éste (con el FMI a la cabeza), y representan la traducción para el caso oeste-europeo de los tristemente célebres Planes de Ajuste Estructural (PAEs) que se impusieron a las sociedades periféricas a partir de los años 80, y que después se cebaron con los países del Este de Europa, donde el FMI gobierna por encima de los propios gobiernos. En unos y otros casos esos Programas vienen a significar un salvaje Ajuste Distributivo de la riqueza social todavía más a favor del Capital [1] .

Veamos los recientes casos europeos.

En España fueron los Bancos, los mismos a los que se había regalado en masa el dinero de los contribuyentes para que enjuagaran sus impagos, los que iniciaron la venta de las letras del tesoro, suscitando el recelo cuando no el miedo en los mercados financieros, que hizo que los certificados de impago sobre la deuda española se dispararan por encima de los 170 puntos (ver Gustavo Búster, en sinpermiso, “Reino de España: Zapatero ofrece un Pacto de Austeridad, no de lucha contra la crisis”, 21/02/10). Esta prueba de miedo en los parquets europeos, sumada a la que ya había provocado el fraude griego y el desequilibrio portugués, animaron a los fondos de alto riesgo estadounidenses a especular contra el euro en su conjunto.

Con ello, si más no, se ha evidenciado:
•La escasa solidez del proyecto de la UE , que ha comenzado la casa por el tejado de la moneda única, sin haber construido el suelo de una integración política, fiscal y presupuestaria, ni las paredes de un acompasamiento general de la ganancia. Sin homogeneización de tasas de ganancia todo lo demás es ficticio: los Estados siguen siendo la referencia fundamental. Dentro de ellos los fuertes, y cada vez más especialmente sólo Alemania, se beneficiarán de las ventajas de partida, que no harán sino extremar las desigualdades intraeuropeas.
•El precario porvenir de la propia moneda única y por tanto del Mercado europeo, que es el auténtico proyecto que tienen entre manos las clases dominantes europeas (por eso durante mucho tiempo lo llamaron así: Mercado Común).
•La inversión del orden de causación de la actual “crisis” capitalista, haciendo aparecer a sus potenciantes como salvadores, y dictaminando el recorte de los gastos del Estado (el destinado al conjunto de la población, no a la clase capitalista, claro) como panacea.
Por eso, las medidas para unos y otros países son tan parecidas: austeridad de los gastos públicos, que significa descuartizamiento hasta donde sea conveniente (no del todo) del Estado Social, disminución de las cargas fiscales a las rentas de capital, medidas públicas a favor de los capitales privados, aumentos de la edad de jubilación y disminuciones de los salarios reales para la población asalariada, así como su creciente desprotección, entre otras.

Esta ofensiva ha empezado a cebarse con Grecia, que como dice Costas Douzinas en
” Lo que de verdad hay detrás de la crisis económica en Grecia, y qué enseña políticamente sobre la actual Unión Europea ” (Observatorio Internacional de la Crisis , http://www.observatoriodelacrisis.org/viewpage.php?page_id=17),
“Grecia se está convirtiendo en un experimento para la nueva fase de la corrección de curso que el neoliberalismo se propone realizar en la estela de la crisis económica y financiera. Es un desvergonzado intento de aprovechar un problema relativamente pequeño de deuda, a fin de alterar radicalmente los equilibrios de clase y la relación Estado/sociedad en un país conocido por su militancia sindical y la fortaleza de su izquierda radical”.

España, como primera víctima quizás de la Tercera Guerra Mundial o Guerra Fría [2] , se abrió a la regulación keynesiana cuando ésta estaba decayendo ya en la Europa occidental. Pero el particular “keynesianismo español” estuvo tocado desde el principio por la parcial, dirigida del exterior, inacabada y pacata “transición” española, en la que, como nos recuerda Juan Torres en sinpermiso, “La economía española en la encrucijada” (http://www.sinpermiso.info/, 21/03/10), la debilidad de las clases trabajadoras ha venido contrastando con “el gran poder de los principales núcleos oligárquicos conformados durante la dictadura y que todavía siguen domina
ndo los centros de gravedad de la economía española”, muy subordinada, por lo demás, al capital extranjero y “obligada a competir mediante la especialización empobrecedora en bienes y servicios de poca calidad y bajo precio”, así como a través de la utilización intensiva de fuerza de trabajo barata (lo que abrió, entre otras razones, el mercado migratorio español para la importación de fuerza de trabajo). Un país que tras haber padecido una brutal guerra del Capital contra el Trabajo, con casi 40 años de franquismo y 35 de restauración borbónica o juancarlismo (que jamás hizo contrición histórica de su dictadura, único caso en el mundo contemporáneo), aparece hoy en consecuencia, con un muy endeble tejido social organizado y reivindicativo y sin apenas agentes políticos alternativos.

Aun así, y por las especiales condiciones españolas, “keynesianismo” o como gusta de llamarse, “Estado de Bienestar”, está asociado a “democracia”, de manera que el desmembramiento de esa mala réplica de Estado Social que tuvo el Estado español es susceptible de ser contemplado como la vuelta a algún tipo de oscuro pasado (de los que en la historia española abundan), o es proclive a despejar el camino para el retorno de las expresiones fascistas del Capital, al igual que puede suceder en el resto de Europa.
En definitiva, el intento del Capital de reconstruir las bases de dominación cuenta hoy con la ventaja de no tener sujeto antagónico. Si esta “crisis” de reacomodo capitalista hubiese sucedido a finales del siglo XIX o en los años veinte del XX, el Trabajo no hubiera concedido este tiempo de oro que le estamos dando hoy al Capital para recomponerse y preparar unas bases de dominación mucho más estrictas, unilaterales, mucho menos democráticas. Pero es que además las urgencias y limitaciones del Capital frente al colapso ecológico-económico en ciernes no le permiten recomponer viejas formas de consentimiento interclasistas. Sabe que tendrá cada vez menos consenso de las poblaciones y se prepara para enfrentarlas por vías mucho más contundentes, cada vez más fuera de la Política colectiva y cada vez más mediante la política de la violencia.

Esto quiere decir que estamos a las puertas de un nuevo modo de regulación, mucho menos civilizado, desmembrador de conquistas históricas, para el que los agentes del Trabajo, en general, estamos escasamente preparados, muchos todavía mirando atrás y suspirando por la imposible reedición de consensos keynesianos. Sin alternativas sólidas sobre las que articular a las poblaciones.

Pero esto último es precisamente lo que se evidencia indispensable. Sólo la reacción organizada del Trabajo podrá frenar la devastación.

________________________________________
[1] Baste recordar que en España, por ejemplo, en 1977 las rentas del Trabajo suponían algo más del 55% del PIB, mientras que 25 años más tarde, en los primeros años del siglo XXI, apenas superaban el 45%.
[2] España, junto con Portugal, fueron los únicos países que tras finalizar la II Gran Guerra en Europa, permanecieron con sendas dictaduras fascistas. Si durante la Guerra Civil , Gran Bretaña y Francia habían colaborado con la caída de la II República , tras 1945 se unirá a ellas EE.UU. para impedir la liberación de la Península Ibérica del fascismo (al frenar los planes de la resistencia republicana, y europea en general, tras la liberación de París), estableciendo un cada vez más estrecho vínculo con Salazar y Franco, a quien Eisenhower abrazaría en su “emotiva” visita a España en los años 50. Eso no fue óbice para que las potencias “democráticas” condenaran a la sociedad española al ostracismo respecto de la ONU y a más de 20 años de casi autarquía. Nunca se perdonaría la osadía de los pueblos ibéricos en los años 30 por insubordinarse ante el orden del Capital. Como no se perdonó a Grecia su intento de ruptura com el Sistema Mundial Capitalista (por lo que britânicos y norteamericanos la invadieron em los años 40), ni a Yugoeslavia que lo consiguiera (hasta que no la descuartizaron EE.UU. y las potencias europeas, con Alemania a la cabeza, no quedaron satisfechas).

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Crisis, ¿qué crisis? La auténtica crisis es que el sistema capitalista continúe su curso

Rebelion
Hace tiempo que la estrategia científica de investigación que concibe la economía como una economía-mundo y el capitalismo como el Sistema que con igual dimensión mundial se explica mutuamente con esa economía, viene insistiendo en que para sopesar en la actualidad cualquier proceso es necesario contemplarlo en su dimensión a la vez histórica y global, de manera que nos permita adquirir la adecuada perspectiva de conjunto.
Es desde esa perspectiva que la “crisis” actual arroja no pocas dudas y procesos cuanto menos ambiguos.
Por un lado tenemos las interpretaciones que sostienen que desde las crisis económico-ecológicas de los años 70 del siglo XX, la dinámica virtuosa de acumulación capitalista en las sociedades centrales del Sistema, se abría detenido, y que la posterior ofensiva neoliberal no habría sido sino una prolongación financiero-especulativa de la agonía.
Por otra parte, no faltan los autores que señalan la recuperación del crecimiento en los centros capitalistas, a partir de 1994, merced a la sofwerización de la economía y a su anejo apéndice financiero (con tasas de crecimiento de 2,6%, que más que duplicaron las del periodo 1974-93, que fueron de 1,2%), y con nuevos repuntes a partir de 2002 (gracias al “golpe” de timón de septiembre de 2001), después del batacazo de aquella “nueva economía”. Según esta línea de investigación, si bien es cierto que el capitalismo global ha ralentizado su marcha, al acabar el año 2009 la expansión de la acumulación capitalista sigue su curso, pero ya no en las sociedades “ricas”.
Es difícil precisar las características y proyecciones del dramático impasse que estamos atravesando, pero tal vez nos ayuden a vislumbrarlas ciertas consideraciones.
Para empezar, lo que sí ha evidenciado la “crisis” de los últimos años en las sociedades centrales es un nuevo aumento de la concentración de capital y de la dominación de clase cuya recomposición se iniciara en los pasados años 70 con la ofensiva neoliberal a escala planetaria. Asistimos también a una reestructuración de la división internacional del trabajo y a un posible reajuste de la propia delimitación entre centros y periferias capitalistas.
Hagamos algunas concreciones históricas. En los años 70 del siglo XX, con la convergencia de las tecnologías microelectrónica e informática se iniciaba la mundialización de la revolución científico-técnica que expande el principio automático en vez del mecánico, tendiendo a sustituir progresivamente el trabajo manual por el intelectual (proceso que en el corto plazo es casi invisibilizado por la masiva proletarización precaria de más y más sectores de la Humanidad que antes vivían de sí mismos). Sin embargo, a la larga la automatización conlleva la reducción del trabajo en la producción directa, reestructurando las cualificaciones necesarias de la fuerza de trabajo. Esto redefine las demandas sociales de la población trabajadora en dirección al trabajo cualificado, pasando a elevarse el tiempo medio de formación de la fuerza de trabajo y aumentando también, consiguientemente, el valor de ésta (tendencia a largo plazo resultante del desarrollo de las fuerzas productivas).
Como se sabe, sin embargo, esta concatenación de procesos tiende a reducir la plusvalía relativa y, en consecuencia, también la tasa de ganancia capitalista [1] . Por eso el Capital tuvo que “compensar” tales circunstancias desatando una ofensiva mundial contra el Trabajo, que se conoce como neoliberalismo y que busca la superexplotación de la fuerza de trabajo (incrementando así la plusvalía absoluta) y el aumento del desempleo estructural, que permite reducir los precios de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. Consiguiendo de esta manera contrapesar parcialmente la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.
Esta tasa, la de ganancia, que está implícita en los cambios drásticos de la acumulación capitalista, está sometida a fluctuaciones más o menos regulares respecto a su tendencia en el largo plazo al decrecimiento, que han dado origen a diversas teorías de ondas y ciclos para tratar de explicarlas.
Los ciclos que investigó el economista soviético Nicolai Kondratiev son periodos de 50 a 60 años de duración, con una fase ascendente (Fase A) de 25 a 30 años y una descendente (Fase B), de similar duración. En las fases ascendentes funcionan los mecanismos antitendenciales y la tasa de ganancia experimenta un fuerte ascenso. La acumulación se realiza, entonces, fundamentalmente a través del sector productivo, donde se desarrollan las innovaciones tecnológicas que habían quedado sin aplicación en la fase descendente debido a su imposibilidad de realización de la ganancia (en cambio, una vez conseguida la elevación de la tasa de ganancia, la expansión de capital se dispara mediante la afluencia y uso de capital “excedente” acumulado pero no valorizado durante la fase de depresión, provocando una nueva onda larga de acumulación).
El capitalismo histórico ha vinculado o tratado de vincular tradicionalmente la acumulación de capital al monopolio, a través del que se ha venido limitando la competencia mediante la articulación de actores privados al Estado. A escala mundial, en la rápida marcha del sistema capitalista de la dimensión paneuropea a la global, la feroz competencia intercapitalista se vio contrarrestada en parte (sólo en parte) por el liderazgo primero internacional y después mundial de la superpotencia que en cada fase estaba al frente del Sistema, mediante la imposición de ciertas reglas del juego y la ambigua asociación monopólico-intercapitalista para defender intereses comunes frente a la Humanidad. Ninguna otra realizó esto como Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.
Durante ese periodo las restricciones políticas a la competencia permitieron coordinar medidas anticíclicas y por tanto, hasta cierto punto, contratendenciales en una gestión más o menos “socialdemócrata” de la dinámica de acumulación. Gestión que tuvo su apoyo en el desarrollo (y en su apéndice de la cooperación ) como paradigma de las metas y modus operandi de las sociedades humanas a partir de la segunda mitad del siglo XX.
Desde los años 70 de este siglo, sin embargo, todas esas claves se vieron insuficientes para contrarrestar la caída tendencial de la tasa de ganancia capitalista, por lo que la acumulación entró en una nueva fase de descenso o Fase B Kondratiev.
En las fases B de disminución o incluso freno del crecimiento capitalista, buena parte de las inversiones otrora productivas se refugian en el sector financiero-especulativo ante la imposibilidad de seguir obteniendo valor de las inversiones productivas debido al recurrente problema de sobreproducción que satura el sistema en las economías centrales. En esos momentos ya no se trata ante todo de invertir productivamente para generar más riqueza, sino de competir por la riqueza ya generada (la pugna intercapitalista se encauza y crece a través de los mecanismos de casino del mundo financiero). Dentro de ese objetivo destaca la apropiación privada de la riqueza social o colectiva (en forma de propiedad ancestral comunitaria, en forma de recursos de la Humanidad, en forma de saberes colectivos, en forma de servicios sociales, de redistribución de rentas, de propiedad estatal, en forma de soberanía alimentaria, etc.).
Otra parte del “capital excedente” que no puede valorizarse productivamente en las sociedades centrales del Sistema, se exporta a
las periféricas para su realización productiva, combinando allí el crecimiento de escala intensiva con la tradicionalmente mayoritaria dimensión extensiva del crecimiento. Esto supone la agudización de la exportación de un modelo de crecimiento-desarrollo que requiere de la depredación sistemática de recursos y de “externalizaciones” cada vez más graves para la ecosfera planetaria (tierra, aire, agua, clima, alimentos, fauna, flora…), según las dimensiones de acumulación puestas en juego se hacen más y más grandes.
Ello quiere decir que ahora la acumulación se realiza fundamentalmente fuera de los centros del Sistema, en las periferias productivas del mismo, que contienen cada vez más inversión tecnológica, en una parcial alteración de la división internacional del trabajo, aunque no (al menos todavía no) de la dinámica de centralización del capital.
De esta forma, el gran frenazo al crecimiento en las economías centrales, a partir de 2007-2008, es compensado en parte por el crecimiento sostenido de ciertas economías periféricas, especialmente China (que con parámetros opuestos a la doctrina neoliberal a escala de las relaciones económicas internacionales, y su marcha hacia su especial versión capitalista, ha batido los récords de crecimiento, de dos dígitos, aunque en el primer semestre de 2009 haya caído a “sólo” algo más del 6%). Pero esto también es válido para otros países de tamaño continental, como India (que en plena “crisis” de 2008 crecía a 8,5%) y Brasil (que en el tercer trimestre de 2009 crece al 9%), y varios de los países ricos en recursos energéticos (así por ejemplo Venezuela, que después de crecer entre 2004 y 2007 en torno al 10%, tiene en 2009 entre un 3 y un 6% de crecimiento; México sigue creciendo por encima del 3%, el conjunto de países del Consejo de Cooperación de los Estados Árabes del Golfo –Bahrein, Kuwait, Qatar, Omán y Arabia Saudí–, todavía crecían al 5,7% en el segundo semestre de 2008, en plena “crisis”, después de haber crecido en torno al 7%).
En las propias economías centrales, la “crisis” de las empresas ligadas a la escala estatal se contrapone al auge de buena parte de los grandes capitales de dimensión y proyección transnacional, incluida la punta de la gran Banca, en lo que supone un palmario (y descarado) cumplimiento de la tendencia del Sistema capitalista: la hiperconcentración del capital (cada vez en menos manos).
Es por eso por lo que algunos autores sostienen que el último ciclo de expansión Kondratiev de la acumulación capitalista (Fase A), que se iniciara a partir de 1994, cobró su mayor auge entre 2002 y 2008, pero todavía está vigente, al menos por unos pocos años más. Su duración dependerá también, obviamente, de la dinámica de las luchas sociales (pues la teoría de los “ciclos” no tiene o no debería tener nada de fatalidad, sino sólo el apunte contrastado de tendencias , y por ello será tanto más fiel a la realidad cuanto que incluya también la lucha de clases como factor interno y no ajeno al propio ciclo).
Por el momento, la producción en las economías centrales y las posibilidades de realizar la acumulación capitalista a través de contratendencias a la caída de la tasa de ganancia, se ven socavadas paradójicamente por el progreso técnico-científico y la valorización de la fuerza de trabajo que le acompaña.
Por eso mismo, el Capital necesita:
•Por un lado, desvalorizar esa fuerza de trabajo; proporcionalmente más cuanto más cualificada.
De ahí, entre otras estrategias, la reforma educativa de Bolonia, que busca multiplicar y polijerarquizar los grados de cualificación, para tener profesionales a diferentes precios de mercado, presionando en conjunto hacia abajo el precio de la “fuerza de trabajo intelectual”, cada vez en más casos por debajo de su valor.
•De otra parte, la cada vez mayor dependencia que muestra la acumulación capitalista respecto de la (extra)explotación humana (es decir, del trabajo vivo ) hace que las economías centrales tengan que “importar” para sus mercados internos la superexplotación de la fuerza de trabajo especialmente radicada desde los últimos 60 años en las economías periféricas, difundiéndose las condiciones de la plusvalía absoluta a escala mundial.
Este es el objetivo, entre otros, de los Acuerdos de Maastricht y de la “Cumbre de Lisboa”, en la UE y de las sucesivas reformas de los mercados laborales en las economías centrales.
•Como quiera que este proceso se refuerza con la importación de la propia fuerza de trabajo de las sociedades periféricas para presionar a la baja sobre el poder social de negociación y las condiciones laborales de la población trabajadora de los países centrales, los acuerdos y reformas mencionados son acompañados por disposiciones jurídico-legales sobre extranjería en la UE y en el conjunto de sociedades que importan fuerza de trabajo, a fin de hacer que la mano de obra migrante global se encuentre lo más vulnerable y desprotegida posible, como población cautiva y prácticamente sin derechos, para utilizar a la carta.
Esta es la cruz de la crisis para la Humanidad.
En la actualidad el avance científico-técnico (que aumenta la composición orgánica de capital –es decir, la proporción de trabajo muerto -) se une a la pérdida de liderazgo global de EE.UU., para explicar la agudización de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Sólo la fase expansiva centrada en las periferias ascendentes, permite contrarrestarla. Pero al precio de unos costes humanos y ecológicos sobrecogedores a escala planetaria.
Sin embargo, por un lado, por motivo de la aguda competencia capitalista interna y de la estrechez de sus mercados, estas periferias pueden llegar pronto a su propia sobreacumulación, atascando la posibilidad de valorización del capital productivo y provocando la obturación de la inversión de los capitales excedentes de las sociedades centrales. Circunstancia que generaría, ahora sí, un verdadero cataclísmico desacompasamiento de las finanzas y de los valores bursátiles respecto de la “economía real”.
Por otro, está por ver si el ascenso chino, que responde a parámetros muy diferentes, puede por él sólo continuar tirando de la demanda energética, posibilitando una dinámica de arrastre de los países con alta riqueza en fuentes fósiles no monopolizadas por EE.UU (véase por ejemplo, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Irán y diversos países africanos). Pero aquí nos encontramos con unos ineludibles límites de agotamiento de recursos y de “externalidades” ya inasumibles por la ecosfera. Y es que el crecimiento capitalista tiene una capacidad cada vez menor de desarrollar las fuerzas productivas, incrementando en cambio, exponencialmente, las fuerzas destructivas , al tiempo que genera tormentos sin fin a los seres humanos.
La fase recesiva o de crisis real del conjunto del Sistema capitalista podría estar produciéndose dentro de las próximas dos décadas, indisociablemente unida a la crisis ecológica planetaria, generando los factores de agotamiento de la civilización capitalista, que, sin respuesta de la Humanidad en forma de otro devenir socioeconómico y modelo civilizatorio, puede imponer una drástica coyuntura para la vida humana misma.
Ese posible nuevo “modelo” puede recibir el nombre que se quiera, pero habría de est
ar presidido al menos por dos factores clave: el decrecimiento y la socialización de los medios de vida y de gestión de las sociedades humanas.

________________________________________
[1] La tasa de beneficio capitalista tiende a declinar según se sustituye trabajo humano (trabajo vivo ) por trabajo mecanizado o automatizado (trabajo muerto ), ya que la plusvalía sólo puede obtenerse de la explotación humana (las máquinas las hicieron y programaron otros seres humanos, que incorporan su trabajo como trabajo pasado –”muerto”- y pado_VIR_} en ellas). Ver sobre esta tendencia y sus consecuencias, Piqueras, “La Humanidad frente a su holocausto”, en www.rebelion.org, 26.04.08.
El autor es miembro de Sodepau.
Profesor de la Universitat de Castelló

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LA HUMANIDAD FRENTE A SU HOLOCAUSTO

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Palestina: el lugar de todas las luchas

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El proceso de Bolonia en la crisis galopante del capitalismo tardío y reinstrumentalización universitaria o ¡especulemos también con la universidad!

Es sabido que la subordinación del conocimiento a la forma de dominación vigente es una constante en el devenir de la humanidad. Sin embargo, a medida que el capitalismo se fue haciendo hegemónico en las sociedades europeas (y se necesitó cada vez menos de la violencia directa sobre la población -gracias a la “coacción sorda de las relaciones sociales de producción” que se imponían-) se atribuyó a la ciencia un valor más formalmente neutral (lo que permitía mayor libertad de investigación, con el único límite de que los resultados pudieran ser incorporados de uno u otro modo a las dinámicas de acumulación de capital o de reproducción social). Proceso semejante al que experimentaron el Estado o la escuela: es precisamente su neutralidad la garante de la reproducción de las relaciones de desigualdad capitalistas.

No obstante, en los periodos de crisis de acumulación la patentización de la subordinación (del trabajo vivo, la naturaleza, la ciencia y la tecnología) se hace más necesaria. Recordemos, por ejemplo, que la ciencia acentúa la potencia de expansión del capital y resume en ella el conjunto del progreso social, al tiempo que proporciona a quien la controla elementos incomparables de intervención en la realidad. El crecimiento exponencial de la investigación y el desarrollo para la búsqueda de rentas tecnológicas (fuente extraordinaria de beneficios en el capitalismo tardío) tiene como resultado la creación dentro de las grandes corporaciones de los departamentos de I+D y la aceleración de la investigación aplicada en las instituciones que organizan la educación superior (ver al respecto el clarificador artículo de Carlos Sevilla, “Tesis sobre la universidad y el movimiento estudiantil”, http//laliteraturadelpobre).

Y es que en esta fase de transnacionalización del capital en que sus fuentes de valorización encuentran cada vez más dificultades dentro de eso que se ha llamado la “economía real”, las salidas hacia la especulación no son meros antojos ni el fruto de “errores” de corrupción corregibles con más o menos buena intención. Tampoco es casual que otra de las vías de fuga más socorrida sea la apropiación de la riqueza social a través de la privatización.

Esto último también tiene dramáticas implicaciones, por más que hasta hoy parezca que se “toleren” mejor. Así por ejemplo, la disminución proporcional de los gastos públicos es ya una lacra de nefastas consecuencias en los países empobrecidos (impuesta desde el “mundo rico” a través de los programas de ajuste estructural) y comienza a afectar seriamente al común de la población en las sociedades llamadas del Norte.

Tratándose de la enseñanza este proceso tiene connotaciones especiales, pues el ritmo de innovación tecnológica hace que el conocimiento sea un factor competitivo crucial. De ahí el dilema que ha venido evidenciándose en el sector educativo: cómo conciliar la reducción de la financiación de los servicios públicos con la mejora de su eficacia como “instrumentos” al servicio de la acumulación de capital.

La resolución de esta contradicción se realiza a partir del acompasamiento educativo a la evolución del mercado de trabajo, esto es, combinando la adaptación (la tan manida flexibilidad) con la dualización (segmentación de itinerarios para las distintas clases sociales o fracciones de clase). Me explico, se trata de acomodar el valor de la fuerza de trabajo intelectual mediante el establecimiento de condiciones como son una cualificación jerarquizada (diferentes grados y postgrados –desde los básicos, muy degradados científicamente, hasta los de élite- para una escala de precios de unos y otros titulados), una competitividad permanente en función de demandas cambiantes de la patronal (la tan elogiada formación a lo largo de toda la vida) una disponibilidad geográfica a través de la creciente movilidad, y la expansión del negocio de las nuevas tecnologías y muy especialmente internet.

En educación la inversión pública se iría centrando cada vez más en los primeros niveles del sistema educativo (la formación básica de la fuerza de trabajo ha de ser garantizada a través de financiación pública o capital colectivo), mientras que en los superiores entraría cada vez en mayor proporción el financiamiento privado, condicionado, claro está, a objetivos y resultados (he aquí la alusión a la evaluación de calidad de las universidades, que se financiarían según metas –empresariales- alcanzadas).

Como afirma Nico Hirtt en su excelente trabajo sobre el tema, Los nuevos amos de la escuela, para el conjunto de los países miembros de la OCDE la enseñanza adviene uno de los últimos tesoros por apropiarse, nada menos que cerca de 900.000 millones de euros al año. Mientras que los gastos mundiales en educación se estiman en unos 2 billones de euros. Demasiado como para que el capital privado lo deje escapar. Por eso, y más allá del desenlace de esta última erupción financiero-especulativa del capital, su proyecto para este ámbito es la Education Business (donde la formación sustituya a la enseñanza, las competencias al conocimiento y la empleabilidad a la cualificación). De la cada vez más estrecha vinculación (y dependencia) de la Universidad a la empresa, pasamos así directamente a la Universidad-empresa.

Ya en 1989, mostrando las líneas a seguir en el futuro, la Tabla Redonda Europea de Industriales (uno de los más poderosos grupos de poder y presión en la Unión Europa) afirmaba:

El desarrollo técnico e industrial de las empresas europeas exige claramente una renovación acelerada de los sistemas de enseñanza y de sus programas (…) La educación y la formación son consideradas como inversiones estratégicas vitales para el éxito futuro de la empresa. (Mientras que) la industria no tiene sino una débil influencia sobre los programas de enseñanza, (y los educadores) una comprensión insuficiente del entorno económico, de los negocios y de la noción de beneficio.

Sumado a ello viene la insistencia en las nuevas tecnologías para la enseñanza a distancia. Eso tampoco es de gratis, una vez que Internet pueda ir sustituyendo más y más horas de trabajo del profesorado, se irán cobrando también más y más sus servicios (para eso está el programa Sócrates, orientado entre otras cosas a estimular la investigación sobre “logísticas educativas multimedias”).

Copiando esas intenciones (quien manda manda) la Comisión Europea decía en su documento de 1990 al respecto: “Una universidad abierta es una empresa industrial (sic) y la enseñanza superior a distancia es una industria nueva. Esta empresa tiene que vender sus productos en torno al mercado de la enseñanza continua en el que rige la ley de la oferta y la demanda”.

Difícilmente se puede ser tan claro. Ya tenemos a los estudiantes convertidos en clientes, las clases y cursos en productos, y la “enseñanza continua” hecha fuente permanente de ganancia del nuevo negocio educativo.
¿Y la movilidad?, ¡Ah, sí!, la movilidad o disponibilidad geográfica de la futura fuerza de trabajo cualificada abre las posibilidades de la competencia internacional por la captación de alumnado (aquí destaca el programa Leonardo da Vinci).

Pero hay otros procesos anejos a esta ofensiva para ultimar la conversión de la educación en mercancía, y que son colaboradores necesarios de la misma:
•El incremento de la desigualdad y la jerarquización entre el profesorado, su diferente representación en los cuerpos doc
entes, sumada a una menor democracia interna entre estamentos universitarios (PDI, PAS, alumnado).
•Multiplicación, como en el resto del mundo laboral, de las figuras de contratación temporal, con el consiguiente aumento de la precarización del profesorado y la sostenida disminución de las plantillas estables, que viene de la mano de la potenciación de su trabajo como meros transmisores de conocimientos, en detrimento de la investigación y de la docencia crítica (hay un cierre fáctico de la investigación ajena a los intereses financiadores del gran capital a través de sus agentes privados o públicos).
•Una nueva composición y elección de los órganos de gobierno universitario que facilita el plegamiento a intereses políticos y económicos ajenos al mundo académico, muy especialmente los del mundo empresarial, bajo la cobertura del “control social” de la universidad. Como se ha advertido ya por otros colegas, los claustros pueden pasar a ser algo así como los consejos de administración de las empresas y los rectores sus “consejeros delegados”.
•La acentuación del sistema de créditos fordista que se había ido implantando con las últimas reformas, implica una extensión de la carga lectiva a la esfera de la vida privada del alumnado, crecientemente incompatible con la dedicación laboral (aumento de obstáculos para la integración del mundo del trabajo a la universidad). La difuminación de la separación entre “tiempo libre” y “tiempo de estudio” corre paralela a la cada vez mayor utilización productiva del “tiempo libre” por parte de la clase trabajadora en general. Esto implica la declinación de cualquier actividad académica que no tenga réditos en créditos. A cambio, la fidelidad de la educación superior a los principios de la empresa es recompensada como “ocupabilidad” del estudiantado.

Para contribuir a esa “ocupabilidad” los distintos itinerarios sociales según la procedencia de clase de la población, a través de la formación profesional, la enseñanza media, la superior y la de postgrado, se refuerzan ahora con nuevas divisiones de grados. Se intenta, además, que cada vez en mayor medida el alumnado se pague sus propios estudios, a través de la proliferación de becas-créditos a devolver cuando se comience a trabajar (curiosamente, un país que ha impulsado este tipo de becas, como Gran Bretaña, ha disminuido en cerca de un 30% el gasto público por estudiante desde 1989).

Todo esto se enmascara bajo denominaciones como “autonomía con rendición de cuentas”, “una universidad al servicio de la sociedad”, “mejora continua de la calidad y la competitividad educativa”, “metodologías activas y participativas centradas en el estudiantado” etc., etc., tan bonitas como engañosas (véase al respecto cualquier modelo educativo de una universidad europea en la actualidad).

El proceso de Bolonia, y los Comunicados de Praga, Berlín, Bergen y Londres (en concordancia con los objetivos de apropiación privada de la riqueza social explicitados en la Cumbre de Lisboa), no son sino pasos precisos dentro de este proyecto metódico de relojería, que podríamos llamar de la mercancía-enseñanza y en concreto de la reconversión industrial y el abaratamiento de “la fuerza de trabajo intelectual”.

Y no es que la ciencia deba estar necesariamente separada del mundo de la producción, de lo que se trata es de que una y otro no queden bajo los dictados del interés privado de una todopoderosa minoría.

Es cierto que hay que cambiar muchas cosas en el sistema educativo en general y en la universidad en concreto. La endogamia y el vasallaje entre los primeros, también la pugna cainita de despachos por titulaciones y créditos en vez de procesos razonables de atribución de contenidos curriculares en virtud de intereses sociales (lo cual no quiere decir mercantiles), la profundización del pensamiento y docencia críticos sobre los meramente reproductores, la elección y rendimiento del profesorado sujetos a claves más acordes con la condición de servicio social, la democratización de las instancias universitarias, entre bastantes otras.

Pero no parecen ser esas precisamente las “correcciones” en las que está interesado el capital, ni mucho menos. El mundo empresarial no sólo quiere que le paguemos su “crisis” entre todos, quiere que el conjunto de los servicios públicos, la entera riqueza social, se ponga a su servicio.

Aunque tarde una de las partes más afectadas, el estudiantado, ha empezado por fin a movilizarse.
¿Y el profesorado universitario? Como siempre, gracias.

Sociología
Universidad de Castellón.

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