Gasto Militar y Economía Mundial

Los gastos militares han tenido un crecimiento vertiginoso en los últimos 70 años. Antes de la segunda guerra mundial estos gastos en todo el mundo se estimaron en unos 48 mil millones de dólares, pero ya en 1972 habían crecido a 240 mil millones[1] y llegaron a 1,4 billones de dólares en 1990[2] (Sivard, 1974; SIPRI, 2010).

La mayor escalada inicial de estos gastos se produjo entre 1939 y 1945, cuando los Estados Unidos gastaron 3,2 billones de dólares a precios constantes del 2002, en tanto que la URSS erogó 582 mil millones de rublos (48 mil millones de dólares) a precios corrientes de esos años y el costo de la guerra para Alemania se estima alcanzó el equivalente a 68 mil millones de dólares también a precios corrientes (Morss, 2010; Podkolzin s/f; Exordio, 2004)).

Durante la guerra fría que puede ubicarse entre 1946 y 1990, los gastos militares se mantuvieron en un proceso de crecimiento asociado especialmente al incremento de las nuevas armas nucleares y al desarrollo de alianzas militares como la OTAN y el Pacto de Varsovia. Adicionalmente, estas erogaciones aumentaron puntualmente con la guerra de Corea (1950-53) y con la guerra de Viet Nam (1965-75).

En términos de su peso en la economía, los gastos militares representaron una fuerte erogación para los principales contendientes de la guerra fría, tanto para Estados Unidos, como para la Unión Soviética. En efecto, estos gastos llegaron a representar el 9,3% del PNB norteamericano en 1960, el 8,1% en 1970, el 4,9% en 1980 y el 5,2% en 1990. En el caso de la URSS se calcula que llegaban al 11,1% del producto en 1960, un 12,0% en 1970, un 12,8% en 1980 y un 14,3% en 1990 (US Government, 2010; Rand, 1989).[3]

Siguiendo la tendencia al crecimiento, el gasto militar total en el mundo alcanzó 1 millón de millones 531 mil millones de dólares en el 2009 medido a precios constantes del 2008, lo que representa un gasto de 224 dólares por habitante del planeta y el 2,7% del PIB mundial (SIPRI, 2010). Estas cifras revelan un incremento del 49% en relación al año 2000, pero en términos per cápita aumentaron un 88,2%. De tal modo el gasto militar actual supera en un 1,1% al que se alcanzó en 1988, en pleno apogeo de la guerra fría (SIPRI, 2010b) y en ese gasto Estados Unidos ha representado en los últimos 20 años más del 50% de las erogaciones.[4]

Los gastos militares del 2009 en más de un 82% se concentraron en 15 países y de ellos 5 países (Estados Unidos, China, Gran Bretaña, Francia y Rusia) gastaron 937 mil millones de dólares, el 61,2% del total mundial. En términos de gasto en dólares por habitante, las mayores erogaciones se producen en Estados Unidos (2,100), Arabia Saudita (1,603) y Francia (1,026). Los mayores incrementos en relación al año 2000 se registran en China (217%) y sólo decrecen en sus gastos en este grupo Japón, Alemania e Italia (SIPRI, 2010).

Esta situación resultaría aparentemente contradictoria tomando en cuenta que después de que concluyó la guerra fría en 1991 con la desaparición de la URSS, pareció que estos gastos tenderían a bajar definitivamente. En efecto, los mismos descendieron un 33% entre 1988 y 1995, pero desde inicios de la presente década volvieron a incrementarse aceleradamente.

Para comprender esta situación, es preciso examinar brevemente el significado económico de los gastos militares y el papel de Estados Unidos como generador fundamental de su dinámica.

II

Los gastos militares tienen en el mundo actual un doble papel: por un lado constituyen la base para el desarrollo de la guerra como instrumento de dominación política por excelencia a través de la fuerza de las armas y por otro, se trata de una peculiar producción de mercancías.

El empleo de la guerra como instrumento de dominación política con posterioridad a 1945 se puso de manifiesto en primer lugar en los conflictos bélicos de las antiguas metrópolis enfrentadas a las guerras de independencia de sus anteriores colonias. Ese fue por ejemplo, el caso de Francia primero en la guerra de Vietnam y posteriormente en la guerra de Argelia, así como el enfrentamiento de Portugal con los movimientos de liberación en sus colonias de Angola, Guinea Bissau y Mozambique en África Por otro lado, la confrontación Este-Oeste estuvo presente en la guerra de Corea en la década de los años 50 y posteriormente en la guerra de Estados Unidos contra Vietnam, aunque en ambos casos se trató esencialmente de guerras de liberación nacional que tuvieron que enfrentarse a la intervención extranjera que buscaba expandir su dominio neocolonial específicamente en Asia.

No obstante, el elemento que más aceleró el gasto militar y que colocó a la humanidad en peligro de su desaparición fue el desarrollo de la carrera de armamentos nucleares entre Estados Unidos y la URSS, que puso de manifiesto lo absurdo de seguir incrementando sin límites la producción de un tipo de armamentos que, ya a partir de un nivel mínimo resultaba suficiente para destruir el planeta.

Contrario a lo que pudiera suponerse, la producción de armamento nuclear no se detuvo con el fin del enfrentamiento entre las dos superpotencias. De tal modo, en el 2009 según SIPRI (2010), existían 22,600 cabezas nucleares en los arsenales del mundo y entre ellas Estados Unidos poseía 9,600 y Rusia 12,000 encabezando la lista que incluye a Gran Bretaña, Francia, China, India, Pakistán, Israel y la RPD de Corea.[5]

La expansión del gasto militar contemporáneo no puede entenderse si no se examinan las peculiaridades de las guerras y de la producción de armamentos como mercancías en el capitalismo. Sin embargo, no debe perderse de vista que ya desde los años 60 varios destacados economistas llamaban la atención sobre los verdaderos objetivos de estos gastos que se resumían en la defensa de la hegemonía global de Estados Unidos; la creación de una plataforma segura para las empresas transnacionales; la creación de un sector de investigación/desarrollo financiado por el gobierno y dominado por el gran capital; la generación de una actitud más complaciente de la población frente a la preparación para la guerra y las guerras permanentes; y absorber la vasta capacidad productiva excedente y evitar el estancamiento, promoviendo negocios de bajo riesgo y altas ganancias para el capital (Bellamy, 2008).

Para alcanzar estos objetivos la producción militar tiene características que la diferencian del resto pues absorbe capital temporalmente ocioso o menos rentable, goza de una demanda cautiva por parte del Estado y garantiza una elevada ganancia monopolista. En su reproducción también se manifiestan un conjunto de particularidades, ya que se produce después que se vende el producto o servicio; como regla el Estado actúa como único comprador, aunque el armamento es también un importante rubro exportable; las armas tienen una alta depreciación moral, por lo que demandan una renovación relativamente rápida; los precios de las transacciones no se rigen por las reglas del mercado; y la producción militar está en mejores condiciones de ser programada en el tiempo al margen de la coyuntura económica (Rodríguez, 1987; Faramazián, 1975).

Tomando en cuenta que la producción de la industria militar no participa en el mercado como otras mercancías y que por otro lado, genera una demanda solvente en la economía, la misma ha jugado un papel anti cíclico después de la segunda guerra mundial al incidir de forma similar al gasto compensatorio propugnado por Keynes, lo que dio lugar al llamado keynesianismo militar como expresión de una política económica favorable al gasto militar (Dierckxsens, 2009; Higgs, 1994).

Sin embargo, históricamente los efectos económicos del gasto militar se diferencian según se valoren a corto o a largo plazo.

A corto plazo, en la misma medida que en la postguerra existió capital ocioso, capacidades industriales subutilizadas, abundancia de materia prima barata y mano de obra temporalmente libre, la industria militar fue un factor de compensación en el ciclo capitalista, lo que incidió en buena medida en los largos períodos de expansión de Estados Unidos, fenómeno que se manifestó claramente hasta la guerra de Vietnam (1965-1975) (Rodríguez, 1987; Perlo, 1980). No obstante, se ha subrayado críticamente que desde la segunda guerra mundial y hasta finales de los años 70 para la economía norteamericana vista en su conjunto “…el efecto estabilizador de la manipulación contracíclica del gasto militar ha sido insuficiente para compensar los efectos desestabilizadores de las fluctuaciones del mismo, resultantes de guerras y programas de rearme. Por consiguiente, en términos generales, la militarización de la economía ha tendido a incrementar la inestabilidad cíclica” (Perlo, 1980).

Al respecto puede decirse que los impactos a corto plazo del gasto militar vieron reducidos sus efectos positivos en la misma medida en que los conflictos bélicos demandaron un creciente desarrollo tecnológico y dejaron de tener un efecto multiplicador significativo en el resto de la economía. Ya esta situación se apreciaba nítidamente en los años 60 cuando se concluyó que “…la nueva tecnología de la guerra ha reducido el poder de los gastos en armamentos como estímulos de la economía (…) Es común que la guerra se convierta cada vez más en materia de ciencia y tecnología y que cada vez sea menos cuestión de hombres y de armas.”[6] (Baran y Sweezy, 1969). La elevación del costo de los combates en la guerra convencional se expresa también en el hecho de que matar un enemigo costaba a Estados Unidos 21 mil dólares en la primera guerra mundial, pero ya en la segunda guerra mundial este costo se elevó rápidamente a 200 mil dólares (Faramazián, 1975).

A esto habría que añadir las negativas consecuencias que a mediano y largo plazo tienen los gastos militares en la economía.

En efecto, los gastos militares en la medida en que absorben una importante proporción de los gastos en ciencia y tecnología, sustraen recursos para el incremento de la productividad en la industria civil. De tal modo, pueden apreciarse las diferencias entre Estados Unidos y Europa cuando entre 1984 y 1993 los gastos de R&D del gobierno norteamericano tuvieron en un 64% un objetivo militar, mientras que esa proporción en el caso europeo fue sólo del 30%, lo cual favoreció el avance del viejo continente (Higgs, 1994).[7]Consecuentemente, mientras que la productividad del trabajo creció entre 1960 y 1973 un 9,0% en Japón y un 4,5% en la RFA, en Estados Unidos aumento sólo un 2,1%. Esta situación se agudizaría aún más en los años 70 y 80 cuando al productividad en Norteamérica se deterioró aún más (Rodríguez, 1987).

Igualmente la inyección de liquidez a la circulación como la que produce la expansión del gasto público con propósitos militares sin una contrapartida mercantil, genera inflación, lo que incide negativamente en la economía. En ese sentido, aunque no hay una correlación exacta entre tasa de inflación y ritmo de crecimiento del gasto militar, basta observar lo ocurrido desde la segunda guerra mundial hasta 1990 para apreciar el incremento de los precios al aumentar significativamente el gasto militar.[8]

Finalmente ya desde los años 70 del pasado siglo era verificable que existe una correlación inversa entre la tasa de crecimiento económico y la proporción del PNB que se destina al gasto militar.[9]Esa tendencia se ha puesto de manifiesto también en los últimos años, aunque de forma más atenuada e indirecta.

III

Concentrando la atención en el gasto militar de Estados Unidos se puede apreciar con mayor claridad sus negativos efectos económicos globales.

En la etapa de la guerra fría los Estados Unidos invirtieron en gastos militares alrededor de 10 billones de dólares a precios constantes de 1992. De tal forma, entre 1948 y 1989 la economía norteamericana creció a un ritmo del 3,8% promedio anual, en tanto el gasto militar lo hacía al 1,9% absorbiendo como promedio el 7,6% del PNB en el período (Higgs, 1994).

Concluida la etapa de la guerra fría en 1990 los gastos militares de Estados Unidos medidos a precios constantes, alcanzaron 461,2 mil millones de dólares, un 5,2% del PIB y 10 años después se habían reducido a 361,3 mil millones un 3% del PIB. Ello no significó sin embargo, que una vez desaparecida la URSS no existieran otros pretextos como la lucha contra el narcotráfico para mantener un elevado presupuesto bélico.

Pero sería con posterioridad al 11 de septiembre del 2001 que la administración republicana de George W. Bush encontró el argumento ideal para lanzar una guerra contra el terrorismo supuestamente asentado en Afganistán, pero que tendría como verdadero objetivo el dominio del Medio Oriente como principal región productora de petróleo del mundo y como los principales antagonistas a liquidar Irak e Irán, países ambos que se enfrentaban de diversa forma a los intereses norteamericanos y a las grandes empresas transnacionales petroleras, a lo que se añadiría Afganistán, cuyas riquezas naturales no han pasado inadvertidas para los propósitos expansionistas de Norteamérica.

Con el fin de alcanzar sus objetivos el gobierno de Estados Unidos ha gastado entre el 2001 y el 2009 1,08 billones de dólares en la llamada guerra contra el terrorismo[10]

Actualmente se conoce cómo se produjo la preparación y ejecución de la guerra en Irak, desatada a partir de la manipulación de la opinión pública producto de la supuesta existencia de armas de destrucción masiva en ese Estado por demás calificado por los medios masivos de comunicación como un “santuario del terrorismo internacional”.

Paralelamente también hoy se sabe que la guerra contra Irán se concibió desde el propio 2003. Múltiples documentos muestran su modelación en los llamados escenarios TIRANNT,[11] así como la sistemática preparación de la opinión pública mediante un proceso de “satanización” del gobierno iraní.

Sin embargo, a diferencia de lo sucedido con Irak y Afganistán, en el caso de Irán se ha presentado un fenómeno mucho más peligroso. En tal sentido, se desarrollaron para esta guerra en preparación nuevas concepciones estratégicas de la doctrina bélica, generalizándose el concepto de “guerras humanitarias” y la manipulación de la verdadera naturaleza del arma nuclear, al convertirla en un “arma táctica” utilizable en un limitado teatro de operaciones militares, sin mayores efectos colaterales. En relación a estos preparativos, ha tenido también una importancia especial el fortalecimiento militar de Israel entre 2004 y 2005 (Chossudovski, 2010b).

Consecuentemente con su política de dominación mundial, a partir del 2001 los gastos militares de Estados Unidos a precios constantes del 2005 se incrementaron pasando de los ya mencionados 361,3 mil millones de dólares en el año 2000, a 626,2 mil millones en el presente año, lo que representa un crecimiento del 73,3% y una proporción del PIB que evolucionó en este período de un 3% al 4,9% (US Government, 2010).

El financiamiento de esta escalada militar ha tenido una repercusión mucho más profunda en los últimos 10 años en relación a períodos anteriores, incidiendo fuertemente en el déficit del presupuesto federal norteamericano y en el nivel alcanzado por la deuda pública.

En efecto, si bien los gastos militares en 1970 representaron el 8,1% del PIB de Estados Unidos, el déficit presupuestario era sólo del 0,3% y la deuda pública llegaba a 380,9 mil millones de dólares, es decir el 37,6% del PNB. Sin embargo, veinte años más tarde en medio de la guerra de las galaxias desatada por la administración de Reagan, el gasto militar era el 5,2% del PNB y la deuda pública se había disparado a 3,2 billones de dólares, por lo que era el 55,9% del PNB.

En el año 2000 se había alcanzado un presupuesto superavitario equivalente al 2,5% del PNB, pero la deuda había crecido hasta 5,6 billones, un 58% del producto de ese año. Sin embargo, esta situación entró en un proceso de crecimiento descontrolado del gasto público con la administración de George W. Bush y ya al cierre de su mandato dejaba un gasto militar equivalente al 4,3% del producto, un déficit presupuestario del 3,2%, y una deuda pública que creció un 77%, llegando a 9,9 billones de dólares.

La administración de Barack Obama lejos de revertir esa tendencia o al menos frenarla, ha llevado a niveles record el desbalance de las cuentas públicas norteamericanas. De tal modo, en el 2010 el déficit fiscal llegará a 1,6 billones, un 10,6% del PNB, pero la deuda se habrá elevado a 13,8 billones, un 94,3% del producto y dos veces y media más elevada que hace 10 años (US Government, 2010 y US Statistical Abstracts, 2009).

Ciertamente en el enorme déficit que se ha registrado en los últimos dos años ha incidido de forma decisiva la aprobación de los paquetes de rescate financiero implementados para enfrentar los efectos de la crisis, así como el creciente desbalance comercial norteamericano, pero al mismo tiempo, en estas condiciones ya no es posible una expansión del gasto militar a costa del presupuesto público sin poner en peligro el equilibrio financiero indispensable para el funcionamiento del sistema.[12] Frente a esta situación se han elaborado propuestas en el Congreso norteamericano para lograr una reducción del gasto militar en el próximo decenio por un billón de dólares (Barney and Paul, 2010) y en las proyecciones de la Casa Blanca para el 2015 se incluye una reducción del presupuesto de defensa del 12% (US Government, 2010).[13] No obstante, la viabilidad de estas propuestas resulta muy cuestionable, ya que no son compatibles con la lógica de funcionamiento del capitalismo estadounidense en la actualidad.

Todos estos fenómenos no pueden ser analizados al margen de la crisis global que estalló en el 2008 y la financierización de la economía que se encuentra entre sus causas más visibles donde el “…elemento esencial de la presente coyuntura de crisis global es, sin duda, el descalabro que provoca la crisis financiera, producto del inusitado nivel de especulación con los créditos y títulos de valor.” (Rodríguez, 2010, 23)[14]

En la crisis actual ha ocurrido que la economía norteamericana no ha recibido un impulso anti cíclico del creciente gasto militar, sino que al desplazarse en centro de gravedad de las ganancias extraordinarias a la esfera de la especulación, ha tenido que ser la transferencia directa de recursos públicos a través de los paquetes de rescate financiero los que han reflotado con toda urgencia el sistema, al menos temporalmente.[15]

Por otro lado, dadas las especificidades de la industria militar en la reproducción capitalista, al igual que ha ocurrido en otras crisis, el sector militar de la economía en el caso de Estados Unidos ha sido afectado en una medida muy inferior en comparación con el resto de los sectores, situación diferente a lo que ocurre en Europa, donde la industria bélica no ha escapado al impacto de la depresión que afecta a las otras ramas de la economía (GRIP, 2010 y Justo, 2010).

Igualmente a lo sucedido en otras coyunturas recesivas, el impacto de la crisis no aminoró la tendencia al incremento de las ganancias monopolistas del complejo militar industrial norteamericano, cuya actuación de hace más compleja (Ross, 2009).

De tal modo, mientras que el rendimiento de las acciones del grupo S&P 500 entre 2006 y 2009 bajó un 32%, el de las compañías Lookheed Martin creció un 34,1%; General Dynamics un 47,6%; Northop Grumman un 13,8% y Raytheon un 86,7% (Morss, 2010).[16]Estas cuatro compañías acumularon ganancias por 6086 millones de dólares solamente en el año 2008 (SIPRI, 2010).

Un elemento de importancia en el negocio de las armas es la exportación a otros países, negocio que permite recuperar rápidamente la inversión con altas ganancias. De tal modo, entre 1950 y 2009 en el mundo se vendieron por este concepto 1,656 billones de dólares en armamentos. En el 2008 estas ventas alcanzaron 384,7 mil millones de dólares, que en una proporción del 40% provenían de la Unión Europea, en un 27% de Estados Unidos y en un 26% de Rusia (SIPRI, 2010 y 2010a).

Las principales ventas se realizaron a países que constituyen la punta de lanza de Estados Unidos en diferentes regiones del mundo como Israel, Corea del Sur, Taiwan, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. También adquieren cantidades importantes de armamento las llamadas economías emergentes como China, la India y Brasil, así como países en desarrollo de nivel medio como Turquía y Suráfrica.

IV

En otras regiones del mundo también se ha incrementado el gasto militar en los últimos años, ocurriendo los mayores crecimientos en Rusia y China.

En el caso de Rusia es conveniente recordar la negativa repercusión que tuvieron los gastos militares en la economía de la antigua Unión Soviética, donde estas erogaciones llegaron a representar alrededor del 15% del PNB entre 1960 y 1990, cifra que mas que duplicaba la proporción invertida por Estados Unidos en esos años (Global, 2009). Con posterioridad al fin de la guerra fría estos gastos disminuyeron hasta el año 2000 como producto de un proceso de desarme unilateral que se produjo bajo el gobierno de Boris Yeltsin, que prácticamente desmanteló el complejo militar industrial ruso en 1997 obedeciendo a las presiones de Occidente.

A partir del año 2000 Rusia ha iniciado un proceso acelerado de reconstitución de su poderío militar tomando en cuenta la creciente amenaza de Estados Unidos y la OTAN, que prácticamente han rodeado al país de bases militares asentadas en Europa oriental y en el espacio postsoviético (Rozoff 2010, 2010a). De tal forma, en los últimos diez años los gastos militares se duplicaron, alcanzando un estimado de 61 mil millones de dólares, es decir un 3,5% del PIB en el 2009 (SIPRI, 2010b). Por otro lado, el presupuesto del 2011 será de 63 mil millones de dólares y se espera invertir 730 mil millones en el próximo decenio (Johnson, 2010).

En el caso de China los gastos militares crecieron moderadamente en los años 90 del pasado siglo hasta llegar al 1,8% del PIB en el 2000. Sin embargo, entre ese año y el 2009 estos gastos se triplicaron, lo cual obedece a necesidades de defensa del país frente a las cada vez más visibles amenazas de agresión directa por Estados Unidos. Estos gastos alcanzaron un estimado de 98,8 mil millones de dólares en el 2009, que equivalen a un 2% del PIB (SIPRI, 2010b).[17]

El negativo impacto del gasto militar si bien se puede apreciar en las economías más desarrolladas, es aún más devastador en los países subdesarrollados, donde ha ido creciendo aceleradamente en virtud de múltiples factores. Al respecto se ha señalado “El clima internacional de tensión y violencia generado por la política agresiva de las potencias imperialistas y sus gendarmes regionales, las agresiones y presiones directas o indirectas para desestabilizar o destruir procesos revolucionarios y defender intereses neocoloniales, los conflictos regionales muchas veces alentados por esos mismos intereses, son los principales factores que han contribuido a la incorporación de los países del Tercer Mundo a la carrera armamentista.” (Castro, 1983)

La evolución de los gastos militares en el mundo subdesarrollado muestra un aumento de 33 mil millones de dólares en 1972 a 81,3 mil millones en 1981,[18] elevándose a 364,7 mil millones en el 2008.[19] De tal forma, su participación en los gastos de todo el mundo casi se ha duplicado en los últimos 30 años, pasando de un 16% en 1982, a un 28,8% en 1999 y a un 30,3% en el 2009 (Castro, 1983; Gasto Militar, 2000; SIPRI, 2010).

Paradójicamente, son las regiones más pobres donde más ha crecido el gasto militar en los últimos diez años. Así en África los mismos han aumentado un 62% y en Asia/Oceanía un 67%, cifras superiores al promedio mundial de un 49% (SIPRI, 2010).

Adicionalmente se sigue manifestando la tendencia a dedicar más recursos a fines bélicos que a propósitos sociales entre los países más empobrecidos que son los que más los requieren. Así por ejemplo, Eritrea dedicó alrededor del 2005 un 24,1% de su PIB a gastos militares y sólo un 1,8% a salud pública y Burundi asignó un 6,2% a gastos militares y un 0,8% a salud pública. Otros como Arabia Saudita a pesar de que cuentan con abundantes recursos provenientes de sus ingresos petroleros, dedicaron el 8,2% de su PIB a gastos militares en comparación con un 2,5% a la salud pública (PNUD, 2007).

Las negativas consecuencias del desvío de recursos hacia gastos militares totalmente improductivos en los países subdesarrollados se suman al impacto del saqueo a que son sometidos estos pueblos por los países capitalistas más avanzados en una escalada que no muestra signos de atenuarse en el futuro inmediato.

V

En la actualidad la economía mundial se enfrenta a una incierta recuperación económica que tiene en el nivel de desempleo, los déficits fiscales y el nivel de la deuda pública las principales amenazas para su materialización. En ese contexto, los crecientes gastos en armamentos refuerzan la tendencia al estancamiento en la misma medida en que las condiciones que los llevaron a jugar un papel anti cíclico a corto plazo han desaparecido casi completamente.

Esto no significa que la transferencia de recursos públicos por la vía de los gastos de defensa deje de representar un importante elemento en el modelo de acumulación capitalista y en la reproducción del sistema en estos momentos. Sin embargo, la fuente de recursos para alimentar los presupuestos del Estado presenta una situación incierta en el futuro inmediato y pone en peligro la continuidad de este jugoso negocio para el capital transnacional.

Adicionalmente, la perspectiva de una u otra evolución económica se ensombrece si se tiene en cuenta la actual coyuntura bélica en ciernes (Clairmont, 2009) donde el mundo se ve hoy amenazado por una conflagración de inconmensurables proporciones producto de la irresponsable amenaza de empleo del arma nuclear para satisfacer los intereses expansionistas norteamericanos en el Medio Oriente, lo que pone en peligro la existencia misma de la humanidad (Castro, 2010 y 2010a).

Noviembre del 2010

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[1] A precios constantes de 1972.

[2] A precios constantes del 2008.

[3] Datos de EEUU a precios constantes del 2005. Los estimados para la URSS la mayoría de los analistas los situaron en este período entre un 10 y un 15% del PNB. En este caso los datos se calcularon a precios constantes de 1986. Ver también Global Security (2009).

[4] En el 2009 los gastos de EEUU representaron el 43% del total mundial. Esta cifra refiere únicamente a los gastos que aparecen registrados en el presupuesto de defensa. Los gastos militares realmente incluyen además los relativos al pago de veteranos, así como otras partidas, lo que eleva su volumen a una cifra superior al billón de dólares solamente en Estados Unidos. Ver Higgs, 2010.

[5] Existe la certeza de que otros países poseen o han poseído el arma nuclear como es el caso de Suráfrica bajo el gobierno del apartheid.

[6] El costo anual por soldado a precios constantes del 2010 alcanzó 67000 dólares en la segunda guerra mundial; en la guerra de Viet Nam fue de 132000 dólares y en Afganistán llegó a 1,1 millones de dólares (Bumiller, 2010)

[7] Se ha demostrado también que la acelerada recuperación de Alemania y Japón en la postguerra se vio favorecida por su reducido gasto militar, en tanto que en Estados Unidos ocurría lo contrario. Aún en los años 80 Estados Unidos llegó a emplear el 66% de su presupuesto público de investigaciones en la esfera militar, frente a un 19% en Alemania y un 9% en Japón (Katz, 1995)

[8] El análisis de una correlación matemática entre inflación y gasto militar está fuera del alcance de este trabajo. No obstante, baste señalar que durante la guerra de Viet Nam entre 1965 y 1975 la tasa de inflación pasó de 1,6 al 9,2%. Incrementos similares se registraron entre 1941-45, 1951-53 y durante la administración Reagan en los años 80. En el decenio 2000-2010, otros factores permitieron mantener la tasa de inflación entre un 3-4%, a pesar del incremento del gasto militar. Ver Inflation Data (2010).

[9] De tal modo, entre principios de los años 50 y finales de los 60 Japón sólo dedicó el 1% de su PNB al gasto militar, mientras crecía a un ritmo del 13,6% anual, en tanto que Estados Unidos dedicó el 8,5% y creció a un promedio del 4,0%. Ver Perlo (1980)

[10] A esta cifra habría que añadir el costo de la Guerra del Golfo que es estimó en 94 mil millones de dólares a precios constantes (Morss, 2010).

[11] TIRANNT significa en inglés “Theater Iran Near Term”. Ver Chossudovski (2010, 2010a)

[12] Según los propios estimados de la actual administración norteamericana, y aún contando con una improbable reducción del déficit fiscal y el gasto militar, el nivel de la deuda pública se sitúa en 19,7 billones de dólares en el 2015 (US Government, 2010).

[13] Ver tambien Berrigan, 2010 y Lobe, 2010.

[14] Debe no obstante aclararse, que la causa última de la crisis está en las bases mismas de la reproducción del sistema. Ver Caputo, 2010. Ver Chossudovski, 2010c.

[15] Lo mismo ha sucedido en el resto del mundo desarrollado. Ver Godínez, 2006 y Dierckxsens, 2009

[16] Ver Morales, 2005; Quinn, 2008; Ross, 2009; y Sánchez, 2009.

[17] Ver Office, 2010.

[18] Cifras a precios constantes de 1979. Ver Castro, 1983.

[19] Cifras a precios constantes del 2008. Ver SIPRI, 2010.

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