LA CRISIS ECOLOGÍCA: Necesidad de un cambio de paradigma

Para la economía de mercado el crecimiento económico es un dogma. Sin ello, a mediano plazo, no hay acumulación posible, o sea, no hay vida para el capital. La vida del capital, sin embargo, implica la amenaza de la vida del planeta. Solo tenemos un planeta, pero la economía neoclásica no toma en cuenta los límites de nuestra naturaleza. Conforme continúe el crecimiento y tenga vida el capital, la economía de mercado puede acabar hoy en día con la vida en la tierra y/o ahogarse en su propia racionalidad. Para la economía neoclásica, que contemplen la reproducción solo desde la óptica de la forma, la naturaleza y la reproducción de la vida natural constituyen un dato extra-económico ya que solo son riqueza por su contenido. La reproducción de la vida humana aparece por el mismo motivo como un proceso extraeconómico. Al tener ojo exclusivo para el proceso de reproducción en términos de valor, el capital se pone ciego para lo que sucede con la vida de las mayorías y de la naturaleza.

La racionalidad económica vigente prioriza el crecimiento económico como incremento de valor y más valor por encima de toda destrucción en términos de valores de uso. Incluso si el crecimiento económico estancara, el capital hará lo imposible para que continúe la realización de ganancia aunque ya no crea más masvalor. Lo anterior es acumular sin crecimiento, fórmula por excelencia empleada por el neoliberalismo. Ello no es posible sin una concentración de la riqueza en cada vez menos manos. Concentrar riqueza existente es una alternativa de corta duración. La redistribución de un pastel existente es finita y tarde o temprano estalla la crisis de acumulación.

En la economía neoclásica, la destrucción de la naturaleza, no aparece como pérdida, ya que lo que se pierde no tiene valor. Al no tener valor aquello que se pierde, no hay pérdida en términos monetarios. Esto es la lógica. De esta forma la racionalidad económica se torna ciega para preservar la riqueza natural. Al no preocuparse de la disponibilidad de la riqueza natural en el futuro, al capital tampoco le importa el devenir y la vida de las generaciones futuras. Toda la vida se sacrifica para que tenga vida la acumulación a corto plazo. Lo que sucede mañana es problema para mañana. Esta racionalidad es ciega también para la suerte de la mayoría de los seres humanos. La concentración de riqueza implica una política de exclusión de las mayorías y condena a las clases media a acercarse a las líneas de pobreza. Lo que importa es hacer valor y más valor a pesar de la vida natural y humana. La racionalidad incluso sacrifica la vida de las mismas cosas que producimos. La economía destructiva es su máxima expresión para dar vida al capital. Es una racionalidad económica que destruye todo su alrededor. Es una lógica autodestructiva ya que esta racionalidad acabe con sus bases reales de toda producción: la vida natural y la vida humana.

En los años treinta del siglo pasado se dio la gran depresión. Era una crisis económica profunda e internacional. En ese entonces, no se dio a la vez una crisis ecológica. Hoy en día percibimos las dos crisis a la vez. ¿Cómo llegamos ahí? El Keynesianismo fue la fórmula por excelencia para destruir la naturaleza. Fue un período de unas décadas en que se pusieron límites al liberalismo por haber conducido la humanidad a la mayor crisis económica a escala mundial. La escuela económica tuvo como proyecto superar la crisis de los años treinta. Fomentaba la redistribución más igual de la riqueza para aumentar la demanda efectiva. Así fomentó de nuevo la creación de riqueza por la forma de valor. También fomentó la elasticidad de la llamada demanda efectiva al acortar la vida media de los valores de uso o productos que se generan. Con ello la reproducción de capital tiende a ir más de prisa de lo que pueda la reproducción natural.

Esta política económica funcionó hasta fines de los años sesenta. Después entró en crisis. Al fomentar la economía consumista que vivimos hoy sobre todo en Occidente, fue la responsable de fomentar la crisis ecológica. A partir de los años setenta, la economía neoliberal ha vuelto a instaurar los mecanismos de libre juego de mercado que operan a favor de los más fuertes. El (neo)liberalismo fomenta la concentración de la riqueza existente otra vez en cada vez menos manos. La política aumenta la demanda efectiva de productos transnacionales a costa de todo lo que se produce localmente. De esta forma se generan nuevas condiciones para la actual recesión mundial sin precedentes. La actual economía de mercado ha creado a nivel global el mayor desequilibrio de todos los tiempos y ante su crisis tiende a imponerse a costa de todos los principios democráticos. Urge una conversión o transición hacia otra economía en función de la vida de las mayorías y de la propia naturaleza. Todavía hay tiempo, aunque ya no mucho tiempo para que no desembocemos en la autodestrucción.

Demanda de otra civilización

Estamos viviendo una economía no solidaria al extremo. En el mundo de hoy hay un conflicto enorme entre la abundancia de artículos de lujo para una clase de consumidores y la escasez y encarecimiento creciente de los alimentos básicos. El 20% de la humanidad con un estilo de vida consumista y concentrada en el Norte, amenaza todas formas de vida en el planeta al absorber año en año el 80% de los recursos naturales. Según la OECD (1997), el 75% de la exportación de los recursos naturales suelen proceder de los 48 países más pobres del mundo. En los últimos años esta tendencia tiende a acentuarse aún más. África, con un PIB que sólo alcanza el 21% del promedio mundial y un 6% de los centros desarrollados, es la región más pobre del sistema mundial moderno. Lo anterior no quita que el continente se caracteriza por una economía muy abierta orientada a la exportación de recursos naturales. La proporción entre el comercio extra-regional y el PIB de África fue en 1990 más de 45% frente a un 16% como promedio mundial (Samir Amin, 2007: en Tablada Carlos, et al. “África codiciada”, Ruth casa editorial, pp. 4-5). Ello lo hace muy vulnerable ante una crisis internacional.

Mientras las economías centrales invierten en las últimas décadas cada vez más en actividades especulativas e improductivas en beneficio del capital financiero y transnacional, las economías emergentes y sobre todo las de Asia muestran en cambio pujantes inversiones productivas que actualmente más contribuyen al crecimiento económico a nivel global. Nadie puede negar que China con su economía pujante constituya una amenaza concreta para las economías centrales actuales y a mediano plazo los desplazará de su lugar privilegiado. También India, África del Sur, Brasil y las economías emergentes en general muestran en los últimos años un ascenso enorme al menos en términos de crecimiento económico. Es obvio que las economías emergentes tienen el derecho al desarrollo, aunque las potencias actuales lo ven con mucho recelo. La cuestión es el carácter insostenible de un estilo de desarrollo y de vida occidental.

Las economías emergentes, al competir en un mercado globalizado, copian el mismo modo de producción consumista de “Occidente” y absorben hoy en día ya el 50% de toda la demanda mundial de energía. Juntos absorben incluso el 85% del crecimiento en esa demanda durante el primer lustro de este milenio. China por si sola absorbe el 33% de dicha demanda agregada. Entre 2000 y 2005, China absorbe el 50% del crecimiento en la demanda de cobre y aluminio y el 100% del crecimiento en el mercado de nicle, zinc y estaño. Las consecuencias para el Medio Ambiente no se dejan esperar. Aunque EEUU continúan como principal responsable de la contaminación de este planeta, China está acercándose cada vez más al primer lugar. De las 20 ciudades más contaminadas en el mundo hoy en día 16 se encuentran en China (“The Economist”, 16 de septiembre de 2006, página 17). La crisis ecológica se anuncia con fuerza creciente al tiempo que la crisis económica se internacionaliza.

Ante la amenaza de la internacionalización de la crisis financiera norteamericana de pronto afirman los neoliberales en todo lado que la crisis norteamericana es un caso aislado. El debate del desenganche de repente está de moda. Los promotores de la economía globalizada han predicado en décadas pasadas la fuerte interrelación entre los diferentes mercados. Hace menos de diez años todavía afirmaban en la OMC que cuanto más interrelacionados estén los mercados más beneficio global traería. Hoy predican que la tormenta en EEUU no afectará al resto del mundo, cuando hace poco las aletas de una mariposa eran capaces de generar una tormenta al otro lado del planeta. El fin del discurso es claro: no se quiere alentar el pánico. Hoy nos quieren hacer creer que China está suficientemente desenganchada de la economía estadounidense para no sufrir un impacto de la recesión. La idea es clara: China ha de funcionar como la próxima locomotora de la economía mundial para evitar una depresión a escala global. Lo cierto, sin embargo, es que en 2005 las exportaciones asiáticas representaban el 55% de su PIB y el 60% de las mismas iba para el mercado de los EEUU, la UE y Japón. Así las cosas, las economías asiáticas tendrán que encajar el golpe, al igual que México (Amylkar D. Acosta Medina, “China will crash and burn along with the rest of us”, en Rebelión 24 de enero de 2008).

No cabe duda que China y la India quedarán afectadas por una crisis en Occidente. No hay duda tampoco que estas economías emergentes basadas en inversiones productivas, se levantarán con más facilidad que Occidente. Sus economías se orientarán obligadamente más hacia el mercado interno, fomentando un desarrollo auto centrado, obligando a una mejor distribución de la riqueza. Si estos países emergentes con un 30% de la población mundial, continúan con la mitad de su actual ritmo de crecimiento, pronto habría necesidad de otros planetas amenazadas a muerte para mantener este estilo de vida occidental. Con el actual estado de las cosas, la vida natural y humana de nuestro planeta ya se encuentra amenazada. Si China, India, África del Sur, Brasil y el Sur en general continúan creciendo de la misma forma como lo han hecho en los últimos años, pronto requeriríamos de otros planetas contaminados y tenemos solo una.

En este contexto, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, (conocido con las siglas inglesas IPCC), establecido en el año 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa Ambiental de las Naciones Unidas (UNEP) advirtió sobre las amenazas de cambios climatológicos peligrosos, advirtiendo sobre todo por el creciente uso de energía no renovable como el petróleo. La actual cantidad de gases invernaderos que se encuentran en la atmósfera estarían ya por encima del límite permitido para evitar potenciales cambios climáticos peligrosos (Zoe Kenny, “UN report: Severe climate change may now be inevitable”, en Global Research, November 29, 2007).

La búsqueda de fuentes de energía alternativa al petróleo es hoy un ítem de primera prioridad. La preocupación no nace del efecto invernadero que su uso implica. El petróleo es un recurso no renovable y sus actuales existencias ya no dan abasto para las demandas futuras. La era del petróleo está llegando a su fin. Las reservas petroleras ya no ascienden más. Ya pasamos el llamado ´peak oil´. La actual promoción mundial de agro-combustibles responde a ello. Su explotación masiva, sin embargo, no constituye una real alternativa. Jamás puede dar abasto para sustituir el petróleo. Su producción a gran escala no da abasto, sino causa daño considerable a los ecosistemas, amenaza los recursos hídricos, fomenta la introducción de organismos modificados genéticamente y por encima de ello tiene un impacto social desastroso para los pobres al amenazar la seguridad alimentaria.

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La demanda masiva de bio-energía para los autos de las minorías consumistas implica un encarecimiento del alimento básico para las grandes mayorías. Los precios de los granos básicos no dejan de subir en los últimos años. Esta tendencia proseguirá en el futuro. Es una política que desemboca en un genocidio masivo. No se puede continuar con esta racionalidad criminal. La única alternativa es reducir el nivel de consumo de energía y primero que nada en los países ricos. Ello demanda otra forma de vida, es decir, demanda otra civilización.

La economía ecológica y la economía ambiental

La economía ecológica aporta ideas importantes para pensar en otra civilización. La economía neoclásica (y keynesiana) exclusivamente enfoca el aspecto monetario del proceso económico y con ello pasan por alto al ecosistema. La economía ecológica no solo toma en cuenta la forma o el aspecto monetario del proceso económico sino también su contenido (Jones Meter Tom, “Pleidooi voor een ecologische economie”, Attac, 2007: 29. Para los economistas ecológicos la tierra es proveedora tanto de recursos naturales de alta calidad (biomasa, petróleo, hierro, etc.) así como receptor y procesador de desechos (CO2, materiales radioactivos, etc.). La tierra tiene límites como fuente de recursos y como receptor y procesador de desechos. La tierra brinda también funciones esenciales para el medio ambiente: regulación del clima, provisión de agua, aire, suelo fértil.

En siglos anteriores, la reproducción económica, o sea, el sistema económico representaba una parte limitada del ecosistema de la tierra y no constituía, entonces, una amenaza para la reproducción natural. En la actualidad, la escala mundial de la economía, sin embargo, choca con los límites biofísicos del planeta. De acuerdo con el Informe del Nuevo Milenio sobre el Ecosistema, un 60% de los 24 ecosistemas estudiados se encuentran afectados (Jones: 37). La pregunta que calza es ¿Cómo enfrenta la economía tradicional estos nuevos retos?

La economía ambiental, tiene un enfoque netamente monetario y introduce el concepto de capital natural. Todo se puede concebir como capital para la economía ambiental. Esta economía parte del supuesto neoclásico que el capital natural y artificial son reemplazables entre sí. Al disminuir la abundancia natural de peces y mariscos (el llamado capital natural) se desarrolla una mejor flota de pesca (el capital artificial) para compensar la pérdida de riqueza natural. Herman Daly (1996), el fundador de la economía ecológica, cuestiona mantener la tesis de la capacidad sustitutiva en un mundo que ha sobrepasado los límites biofísicos. El desarrollo del capital artificial constituye más bien una amenaza más grande para que se acabe con todo el capital natural. No tiene sentido desarrollar más capital artificial cuando el capital natural ya no puede reponerse. Cuando, por ejemplo, la flota de pesca casi ha acabado con la existencia natural de peces y mariscos, es totalmente contraproducente duplicar la cantidad de barcos para así lograr compensar la pérdida de la riqueza natural.

Estos ambientalistas neoclásicos hablan de internalizar los costos ambientales y lo hacen mediante la introducción de precios artificiales. Su concepción es que todo tiene un precio en este mundo. Fijar precios de recursos naturales depende de la evaluación de los costos externos. La evaluación de los costos externos del medio ambiente, sin embargo, depende básicamente del factor poder. El costo estimado de los daños provocados al medio ambiente y a la población, en países periféricos se estima siempre más bajo que el mismo costo en países centrales. Así como la pérdida de vida humana tiene un costo muy diferencial entre centro y periferia, también lo tiene la naturaleza. Los ambientalistas neoclásicos no toman en serio el agotamiento de los recursos. Al agotarse un recurso, su precio debería tender al infinito. Sus cálculos no lo contemplan. Lo anterior tiene implicaciones irreversibles. La pérdida de biodiversidad, por ejemplo, es irreversible y no tiene precio.

Al agotarse un recurso, este es reemplazable para la economía ambientalista. Todo es reemplazable, hasta la especie humana. Con esta racionalidad tienden a acabar con todo. Cuando la generación de capital artificial supera la pérdida de capital natural en los países del Norte, estos se perfilan como sostenibles, pues, el balance entre los dos se mantiene positivo. En el Sur sucede exactamente lo contrario: el capital natural extraído no es sustituido por capital artificial, ya que es exportado. De esta forma tenemos la situación absurda que los países del Norte aparecen como los “triunfadores” en la lucha por la sostenibilidad, mientras los países del Sur se perfilan como los “fracasados”. La economía ambientalista agrava así los términos de intercambio desfavorables para el Sur. Es una teoría netamente reaccionaria.

La economía ecológica parte del hecho que hay que vivir en pie de igualdad con la naturaleza. Su objetivo es mantener los recursos naturales e evitar que se desarrolle el capital artificial al constituir este una amenaza para los mimos. Aquí tiene mucho que aportar la cosmovisión indígena. Es un enfoque que apunta al contenido de la economía que tiende a subordinar la forma al contenido. El impacto negativo de la economía mundial sobre el medio ambiente aumenta sin cesar, a pesar de la cumbre de Río en 1992. El responsable de ello no es tanto el crecimiento de la población como todavía señalaba de manera maltusiana el informe del “Club de Roma” a principios de los años setenta. La realidad es que los seres humanos no viven en pie de igualdad entre si ni con la naturaleza. Los seres humanos tampoco vivimos bajo el mismo pie de vida que hace cuarenta años. Desde los años cincuenta, el consumo per cápita ha crecido sin cesar y sobre todo en la clase consumista concentrada en los países más ricos. Con el neoliberalismo observamos que dentro de cada país y entre países se concentra cada vez más esta clase consumista. Hoy en día, el 20% de la población mundial (la clase consumista) es responsable del 80% de presión sobre nuestro medio ambiente. La “huella ecológica” de esta clase consumista por si solo amenaza la vida en el planeta. Esta huella aumenta sin cesar y crece de manera muy diferencial dentro y entre los países.

La humanidad se encuentra en pie de desigualdad con la naturaleza. Entre 1970 y 2000, las poblaciones de 1200 especies animales se han reducido en un 40% (Juffermans, 2006). No hay indicador neoclásico que señala esta pérdida de ecosistemas como una pérdida para la economía. Lo que es claro, sin embargo, es que durante el período mencionado, la humanidad atravesó la barrera de la sostenibilidad. Este mundo y este modo de vivir son insostenibles. La velocidad de la reproducción natural quedó atrás de la velocidad de la reproducción económica. Es una racionalidad autodestructiva, pues utilizamos hoy en día más de la madre tierra de lo que la naturaleza es capaz de volver a brindarnos. Aunque tenemos una sola tierra, con la racionalidad vigente hay necesidad de otros planetas. Vivimos, en otras palabras, bajo un “pie de vida” insostenible. Como dice la voz popular: “Metimos la pata”. Es urgente que corrijamos esto fomentando una economía sostenible. Una tal economía requiere una huella ecológica de menor impacto y más justa a la vez. Es un reto actual de la humanidad.

La huella ecológica justa y el consumo sostenible

La huella ecológica es un método para medir el impacto humano con la capacidad sostenible de la tierra. La huella ecológica es un indicador medioambiental que calcula la extensión de tierra que se necesita, por el espacio de un año, para producir por un lado todos los recursos consumidos por un ciudadano, comunidad o país en términos de productos, alimentos y energía y por otro, absorber y neutralizar los desechos y emisiones sin importar la localización de estas áreas, así como el espacio requerido para tener la infraestructura que ocupamos. Como consumimos productos procedentes del mundo entero, la huella ecológica toma en cuenta la superficie requerida más allá de las fronteras de un país.

El indicador toma en cuenta tanto el impacto humano (la demanda) como la bio-capacidad existente (oferta). Del lado de la oferta se calcula la actual superficie mundial de bio-capacidad disponible en 11,3 miles de millones de hectáreas de tierra y mar. Con una población de 6,15 mil millones de habitantes habría una bio-capacidad de 1,8 hectáreas disponible por persona. En este cálculo se asume que solo un 25% del planeta es biológicamente productivo. Del lado de la demanda se estimaba para el año 2001 una huella ecológica de 2,2 hectáreas por habitante. La huella ecológica sobrepasando la bio-capacidad en un 20%. Este dato impresiona sobre todo cuando se sabe que en 1961, la huella ecológica no alcanzaba el 50% de la bio-capacidad. Desde los años ochenta la huella ecológica sobrepasó la capacidad regenerativa de la tierra. Más grave aún es que un 20% de la población mundial es responsable del 80% de la huella ecológica al tiempo que la mitad de la población mundial no puede satisfacer siquiera sus necesidades básicas. (Mathis Wackernagel y William Rees, 1996).
Ecological Creditors and Debtors

debtor_creditor

Ecological Reserve
dot_007e0b > 50% of biocapacity
dot_b1aa03 < 50% of biocapacity

dot_t

Ecological Deficit
dot_cd501d < 50% of biocapacity
dot_a80108 > 50% of biocapacity

dot_t

dot_b9beb4 Insufficient data

“The world will no longer be divided by the ideologies of ‘left’ and ‘right,’ but by those who accept ecological limits and those who don’t.”
Wolfgang Sachs, Wuppertal Institute

dot_t

© 2003-2007 Global Footprint Network
Last Updated: 10/23/2006

La huella ecológica justa se estima en 1,8 hectáreas que equivale a la biocapacidad del planeta por cada habitante. Si, en otras palabras, tuviéramos que repartir el área productiva disponible de la tierra de manera equitativa, a cada uno de los más de seis mil millones de habitantes en el planeta, le corresponderían 1,8 hectáreas para satisfacer todas sus necesidades durante un año. Al día de hoy, el consumo medio efectivo por habitante y año, sin embargo es de 2,8 hectáreas, por lo que, a nivel global, estamos consumiendo más recursos de los que el planeta puede regenerar. La huella ecológica de los países ricos se encuentra muy por encima de esta media mundial. Lo anterior quiere decir que hay un déficit ecológico importante. Los países ricos con su estilo de vida, son los principales responsables del déficit ecológico. Sin embargo aún hoy se acusa a los países del Sur de ser los irresponsables. Al tener elevadas cifras de crecimiento demográfico, hacen bajar la huella ecológica justa

Es en los países ricos donde la huella ecológica media por habitante y año aumenta sin cesar. Ella alcanzó a principios de este milenio la cifra de 6.4 hectáreas. Esta cifra revela una huella 3,5 veces superior a la capacidad biológica del planeta para generar recursos de forma sostenible. La huella ecológica de Estados Unidos es de 9,5 hectáreas. Es la segunda más alta del mundo después de Emiratos Árabes Unidos. La huella ecológica media en EEUU es seis veces la bio-capacidad de la tierra, pues la misma es de 1,8 hectáreas. Si todos los habitantes de la tierra adoptasen el modo de vida de un ciudadano estadounidense promedio harían falta entonces seis planetas. La huella ecológica de países con ingresos medios es de 1,9 hectáreas, o sea, más o menos la bio-capacidad de la tierra. Es a la vez la situación promedia de los países latinoamericanos.

Nota: El cálculo de la huella ecológica incluye complejas fórmulas matemáticas. Se basa en la observación de: La cantidad de hectáreas usadas para urbanizar, generar infraestructuras, centros de trabajo, comerciales, educativos, de salud, recreativos, etc; Las necesarias para proporcionar alimento vegetal, flores, tabaco, algodón; Superficie necesaria para tener carne, leche, lana, cuero; Superficie marina necesaria para producir mariscos y pescado; Hectáreas de bosque que son necesarias para tener madera, papel; y para asumir el CO2 que provoca nuestro consumo energético; y Energía en forma eólica, hidroeléctrica, de gas, petróleo, carbón, biomasa… Vea: www.earthday.net/Footprint

En América Latina hay fuertes contrastes entre los países. A un extremo tenemos Haití con una huella ecológica muy modesta de 0.5 hectáreas, menos de un tercio de la huella ecológica media justa y se ubica con ello entre los países más pobres del mundo. Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Bolivia están levemente por encima de 1 hectárea per cápita, es decir un poco más de la mitad de la huella ecológica justa. Costa Rica, Ecuador y Panamá representan más o menos la media continental y mundial con valores que oscilan alrededor de las 2 hectáreas. Argentina, México, Venezuela y Brasil están cerca de 2.5 hectáreas y Chile, como ´campeona´ continental sobrepasa incluso las 3 hectáreas, o sea seis veces la huella ecológica de Haití. World Life Organization de las Naciones Unidas ha elaborado en su informe de 2006 un gráfico en el que sobrepone dos variables: el índice de desarrollo humano (establecido por la ONU) y la llamada “huella ecológica”, que señala la energía y recursos por persona que se consumen al año en un país. Sorprendentemente, sólo Cuba reúne en ambos casos niveles suficientes que le permiten ser designado como país que cumple los criterios mínimos para la sostenibilidad. Lo anterior no significa que Cuba sea un país perfecto, pero sí que es el que cumple las condiciones, destacó Jonathan Loh, uno de los autores del estudio. Cuba alcanza un buen nivel de desarrollo según la ONU gracias a su alto nivel de alfabetización y una esperanza de vida bastante alta, mientras que su ‘huella ecológica’ es modesta con 1,4 hectáreas per cápita al año. La huella ecológica cubana es baja por un bajo consumo de energía y una vida bastante austera.

La huella ecológica media de 2,8 hectáreas por año y habitante que se consumen actualmente en el mundo no solo varía de país a país, sino también al interior de las naciones. La desigualdad entre la huella ecológica de la clase consumista y la de comunidades indígenas, revelaría contrastes repugnantes. Repugnante también es que una gran parte de los habitantes del planeta están muy por debajo de la hectárea. Esta situación no revela desde luego que estén a la cabeza del consumo racional y sostenible sino más bien que están condenados a la exclusión y la pobreza en el mundo actual.

ERROR

A partir de la huella biológica de un país, se puede hacer diferentes lecturas. Un país rico en bio-capacidad como Canadá con 14.4 hectáreas per cápita presenta un superávit ecológico al consumir 6.4 hectáreas. Con una huella ecológica de 6.4 hectáreas, Canadá aún tiene un superávit ecológico de 8,0 hectáreas. Es sin embargo, con Australia (7,0) la excepción. A nivel mundial hay un déficit ecológico de 0,4 hectáreas. A nivel mundial, los países ricos en su conjunto son responsables por ese déficit ecológico. El déficit ecológico de EEUU, por ejemplo, es de -4.7; de Japón -3.6; de Alemania -2.8 hectáreas respectivamente. Hay economías en el Sur como Brasil y Argentina con mucha bio-capacidad (de 10,2 y 6,7 hectáreas respectivamente) que muestran a la vez un superávit ecológico. Hay sin embargo también economías emergentes con poca bio-capacidad, como China e sobre todo India, que muestran un déficit ecológico de respectivamente -0,8 y -0,4 hectáreas. La mayoría de los países latinoamericanos muestra un superávit ecológico. Aquí se destacan sobre todo países grandes como Brasil (8,0), Argentina (4,2), Perú (4,1), pero también hay países pequeños con reserva ecológica relativamente grande como Nicaragua (3,7) o Panamá (2,8). Excepciones son Haití, El Salvador, Cuba y República Dominicana con una bio-capacidad de menos de 1 hectárea. A pesar de su modesta huella ecológica, estos países muestran aún valores negativos en sus reservas ecológicas.

Error

Otra lectura de la huella ecológica enfoca la “huella justa” o equitativa que toma la bio-capacidad media de la tierra per cápita como punto de referencia. La huella media mundial justa es 1.8 hectáreas por persona. Debido a la división internacional de trabajo y el consecuente comercio internacional, los países ricos son importadores netos de bio-capacidad y los países del Sur sus exportadores. El resultado es que la gran mayoría de los países del Sur entregan el 80% de su bio-capacidad a los países del Norte. En su conjunto, los países del Norte tienen una huella ecológica dos veces mayor que su propia bio-capacidad y cuatro veces y medio la huella ecológica justa. Para disminuir su huella ecológica y obtener un nivel más sostenible, los países ricos no disminuyen su patrón de consumo sino exportan cada vez más desechos hacia los países del Sur.

La campaña para lograr una menor huella ecológica parte sobre todo de iniciativas intelectuales del Norte. Ella enfoca reducir el impacto medioambiental adquiriendo otros hábitos de consumo como consumidor individual. Su enfoque se basa en que cada individuo decide como disminuir su huella ecológica personal. Aquí se subraya la supuesta libertad de decisión. Es la opción del ´homo económicus´ de no consumir. Sus promotores recomiendan hacer un uso más racional de la energía que consumimos en el hogar y en la carretera; consumir productos ecológicos basados en una agricultura, ganadería y pesca ecológica; hacer un uso racional del agua; reciclar todo lo posible y contribuir a la siembra de bosques que son los pulmones de nuestro planeta.

Los mismos están claros que en los últimos tiempos ha habido logros alcanzados en todos estos espacios. Se alaba la generación de tecnología en el régimen capitalista en general y así también en materia de desarrollo sostenible. La innovación tecnológica es considerada como la solución por excelencia al problema. No hay duda que la innovación tecnológica pueda brindar soluciones. Sin embargo, la misma también pueda causar retrocesos. Si bien se desarrollan cada vez más carros con un uso más económico de energía, también es cierto que la clase consumista concentrada en el Norte viaja cada vez más lejos y más a menudo en avión. Toda ganancia obtenida en el ahorro de energía por un lado se pierde con creces con solo aumentar los viajes frecuentes a destinos largos. Así también aclaman como un avance la introducción de lámparas duraderas y económicas en el uso de energía. El resultado final es un uso más generalizado y más prolongado de las mismas y con ello el resultado final es un retroceso.

Estos efectos negativos sobre el ecosistema suelen llamarse el efecto “rebound”. Para tomar en cuenta todo esto, han desarrollado el Índice de Vida del Planeta (LPI en sus siglas en inglés). El LPI es una especie de Dow Jones ecológico que mide el estado de salud del ecosistema. El LPI ha descendido desde 1970 en un 40% (Jones 2007). El Informe de Brundtland tiene razón cuando afirma, con las actuales tendencias pueda tomar generaciones para alcanzar una huella ecológica justa a nivel mundial.

El dilema en todos los planteamientos de la huella ecológica es, que no enfoca la causa fundamental del consumismo. La solución la buscan sobre todo del lado del consumo individual o colectivo al contemplar la huella ecológica de municipalidades o regiones. Estamos de acuerdo que el consumo es parte del problema, pero no la esencia del mismo. El consumismo tiene su origen en el modo de producción y distribución. La vida media de todo lo que se produce es cada vez más corta. Los productos se tornan con ello cada vez más desechables. Con una racionalidad de producción que promueve las cosas desechables, no puedo controlar mi patrón de consumo y más bien lo definan para mí. A pesar de mejorar mis hábitos de consumo, el déficit ecológico tiende a agravarse, alejándose cada vez más de la huella ecológica justa. Para parar evitar que nos alejemos de la huella ecológica justa, tenemos que afrontar la forma de producción como tal. No faltan, sin embargo, los neomalthusianos que afirman que hay que parar el crecimiento demográfico para que aumente la huella ecológica justa.

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